AMLO en Mérida: ruptura o certidumbre

Jorge Fernández Menéndez 

El tercer y último debate presidencial será la última oportunidad de mover las tendencias electorales de cara a los comicios del primero de julio. Lo que veremos será, muy probablemente, una dura confrontación entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya con un Andrés Manuel López Obrador que tratará de ser, lo más posible, un espectador de ese enfrentamiento.

Pero el debate, si bien tiene una agenda imposible de cumplir cabalmente, puede mostrar también otras cosas, sobre todo porque podremos ver qué tanta es la diferencia real entre los proyectos de país y desarrollo de los candidatos. El momento económico es especialmente delicado: una renegociación inconclusa del TLC que después de los exabruptos de Trump en la cumbre del G7, sobre todo con el premier canadiense Justin Trudeau, no se ve en absoluto optimista, una guerra comercial en ciernes, la necesidad de redefinir muchos capítulos de nuestra inserción en la globalidad y de nuestro propio sistema productivo, al mismo tiempo que se combate la corrupción, la inseguridad y la desigualdad.

Sin duda el mejor preparado para estos temas es Meade, con una larga y fructífera carrera que abarca, precisamente, todos esos ámbitos, desde el desarrollo social hasta las relaciones exteriores, pasando por el manejo de la hacienda pública. Pero el punto emocional y de expectativas está, sobre todo, con López Obrador. Muchas veces cuando se abordan estos capítulos la pregunta es cuál es el verdadero López Obrador, pues ha ofrecido a diferentes auditorios, distintas versiones sobre lo que es y lo que quiere.

Si hoy en Mérida nos encontramos con el López Obrador que fue la semana pasada al encuentro con el Consejo Mexicano de Negocios tendremos un personaje moderado, que acepta acuerdos, pero que será interrogado, esperemos, sobre todo, en temas muy concretos: apertura de mercados, del sector energético, aeropuerto y el TLC. Tendrá y ofrecerá opciones pragmáticas, incluso, más allá de sus convicciones profundas. Eso es lo que comprometieron en las últimas semanas, él y sus principales asesores, para el futuro. Una visión que no tendría que contraponerse con sus programas sociales, más allá de encontrar los recursos idóneos para financiarlos.

López Obrador necesita dar certidumbre jurídica y económica. Todo lo demás puede acomodarse en torno a ello sin menoscabo de sus programas, se compartan o no.

Si en Mérida se abordan temas concretos en el ámbito económico y de seguridad jurídica y AMLO da respuestas evasivas o contradictorias puede perder lo que ha ganado en estas semanas y ello favorecerá, sobre todo, a Meade.

Hay quienes dicen que siguiendo en el terreno de la incertidumbre y la contradicción, López Obrador gana. Creo que no sea así: en realidad pierde y puede perder mucho. El de Morena ya no es un candidato más: es el puntero en las encuestas (aunque la distancia, probablemente, no sea tan amplia) y a esta altura tiene que enviar mensajes de certidumbre, hacia dentro y hacia afuera, hacia los suyos y hacia sus adversarios. No tiene ganada la elección pese a que está cerca de lograrlo, pero si hay algo que puede afectar su desempeño es, sobre todo, la incertidumbre.

Meade apostará, precisamente, a la certidumbre. Ofrecerá un gobierno con seguridad jurídica, económica, capacidad para generar empleos y recibir inversiones. Ésa es su gran oferta. Sabemos también cuáles son las cargas que tendrá que arrastar. No dudo que tratará de hacer su mejor papel en lo que va de la campaña y puede estar en el momento para hacerlo. Pero también deberá tener cuidado de no enfocarse, más allá de lo necesario, en Ricardo Anaya y sus denuncias. Y algo similar debe ocurrir con el candidato del Frente. Si su lucha no es por ganar las elecciones, sino por conquistar el segundo lugar le terminarán de entregar la elección a López Obrador, quien, hoy más que nunca, es el único que puede perderla por sí mismo.

TRUMP DETONA  A  SUS ALIADOS

En todo este contexto no se puede obviar lo sucedido en Canadá, el fin de semana pasado, por sus repercusiones evidentes a nivel global. Trump llegó a Canadá reclamando el regreso de Rusia al G7, algo inadmisible para los demás integrantes, salvo el nuevo gobierno italiano. Trump firmó a regañadientes un comunicado conjunto con el resto de los países del G7 con compromisos muy tenues de respeto a los mercados, quitar aranceles y apoyar la globalización.

Abandonó la reunión con la declaración ya firmada. Cuando en la conferencia de prensa posterior, Emmanuel Macron y Trudeau, interrogados por la prensa, criticaron la postura estadunidense respecto a los aranceles y el libre comercio, Trump estalló, lanzando tuits ofensivos desde el propio avión presidencial, insultando a Trudeau y a los otros líderes, los acusó de darle puñaladas por la espalda e incluso el impresentable Pete Navarro, su asesor comercial, dijo que había “un lugar en el infierno para los traidores”, hablando de Trudeau. Nunca, jamás, un presidente de EU se refirió así a sus principales socios y aliados, que están a punto de dejar de serlo.

No es verdad que la mejor política exterior es la interior, ni en EU ni en México. Y los desastres diplomáticos tienen, siempre, un costo altísimo para los países y su gente.