Cataluña: el huevo de la serpiente

Jorge Fernández Menéndez

El falso nacionalismo va siempre de la mano con el populismo y el proteccionismo. Decía Mario Vargas Llosa en la multitudinaria marcha del domingo pasado en Barcelona, en contra del movimiento independentista catalán que “todos los pueblos modernos o atrasados viven en su historia momentos en los que la razón es barrida por la pasión. Y es verdad que la pasión puede ser generosa y altruista cuando inspira la lucha contra la pobreza y el paro. Pero la pasión puede ser también destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo. La peor de todas, la que ha causado más estragos en la historia, es la pasión nacionalista. Religión laica, herencia lamentable del peor romanticismo, el nacionalismo ha llenado la historia de Europa y del mundo, y de España, de guerras, de sangre y de cadáveres”.

Ese fervor nacionalista, populista, proteccionista, esa religión laica que ha llenado de sangre al mundo, está en el centro de los grandes errores que hemos visto en los últimos tiempos en el mundo: la creciente xenofobia en la mayoría de las naciones industrializadas; la decisión de Gran Bretaña de abandonar la Unión Europea, ese Brexit que no tienen idea de cómo implementar ni de cuánto le va a costar a su gente; la presencia de fuerzas políticas de ultraderecha como el Frente Nacional francés o el partido neonazi que apareció como tercera fuerza en las recientes elecciones alemanas; la propia elección de Donald Trump en EU, basada en un discurso nacionalista, populista, proteccionista que el mandatario estadunidense refrenda día con día, abandonando los grandes acuerdos comerciales, ambientales, incluso militares. Un Presidente, el de la mayor potencia del mundo, cuyo propuesta central es construir muros, abandonar el comercio multilateral, renunciar al liderazgo de la propia Unión Americana, supuestamente, para hacerla grande de nuevo… sin comprender que su grandeza deviene, precisamente, del papel protagónico que ha jugado en el mundo en el último siglo.

Y la última y, quizás más absurda erupción de ese nacionalismo sin sentido, es el intento de independencia de Cataluña. Ayer el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha declarado la independencia de Cataluña, pero ha pedido suspender los efectos de esa declaración para emprender, dice, un diálogo que lleve a una solución acordada. En los términos planteados por el independentismo no hay solución acordada posible.

La declaración del gobierno autonómico catalán no tiene legitimidad alguna. No es producto de ninguna consulta certificada por organismos nacionales o internacionales, no tiene justificación en el marco de los gobiernos democráticos que se han sucedido en España desde la caída del franquismo, no tiene el apoyo de la mayoría de la población ni en España ni en Cataluña (el gobierno independentista que encabeza Puigdemont es una amalgama de grupos de centro derecha y de izquierda radical que no tienen, juntos, ni siquiera el 50% de los votos).

La aventura ya ha comenzado a tener costos para una Cataluña que asiste atónita y dividida a la decisión de sus autoridades locales: en apenas una semana, desde que trascendió que el gobierno de Puigdemont declararía la independencia, todas las grandes empresas y grupos financieros que estaban asentados en esa comunidad autonómica, han anunciado que se van de allí: desde La Caixa hasta el banco Sabadell, pasando por constructoras, comercializadoras, operadores de servicios. Se van por la inseguridad jurídica y porque la Unión Europea ha sido terminante: no reconocerá al independentismo catalán, no tendrá ninguno de los beneficios que la Unión Europea otorga. En el mejor de los casos su estatus será similar al de Kosovo, ese pequeño país que se independizó, siguiendo un camino similar al de Cataluña, de Albania, y que es casi un paria internacional. Pero Cataluña y los catalanes no pueden darse ese lujo: su vida, su cultura, su economía y hasta su futbol están conectados y son parte de un mundo multilateral del que no pueden aislarse sin perder casi todo.

No deja de ser una enorme paradoja que este movimiento esté impulsado por grupos nacionalistas y por la izquierda radical (y con una mirada de condescendencia de la gran corriente populista de izquierda en España representada por Podemos), que se diga progresista, ignorando que no reciben respaldo alguno de los gobiernos europeos, pero tampoco de ninguna fuerza progresista o de izquierda del continente. Los que impulsan y respaldan la independencia catalana son los grupos de ultraderecha de Francia, Gran Bretaña, Alemania. Los del discurso xenófobo, nacionalista, racista, que quieren destruir la Unión Europea. Tiene la simpatía del régimen de Vladimir Putin, quien, una vez más ha intervenido, como lo hizo en las elecciones de EU, con guerras y desinformación en las redes.

No existe un nacionalismo, un populismo y un proteccionismo progresista, son la santísima trinidad del autoritarismo y de la reacción. El intento independentista catalán tiene ese componente. Quiere imponer con la fuerza de una minoría lo que no pueden hacer por la razón y con la voluntad ciudadana. Es producto del huevo de la serpiente que contamina hoy a buena parte de nuestras sociedades. Una contaminación de la que México, por supuesto, no está exenta.