Conminados a degradarse

Carlos Marín

Hace dos lunes, Alfonso Durazo, secretario federal de Seguridad, advirtió que “los integrantes de la Policía Federal que en siete días no hayan manifestado su voluntad de incorporarse a la Guardia Nacional, o no existiera capacidad de recepción, quedarán adscritos al órgano administrativo desconcentrado, denominado Servicio de Protección Federal de la Secretaría…”.

Cinco días después, centenares de los aludidos respondieron con protestas y bloqueos al Aeropuerto Internacional, colapsaron Periférico Sur y las inmediaciones de lo que fue su Centro de Mando en Iztapalapa. Entre tanto, alrededor de 8 mil aguardan el fallo de la justicia federal sobre su demanda de amparo.

Un problemón, pues, mientras no termina de cuajar la Guardia Nacional, uno de cuyos componentes clave pudo ser la Policía Federal de haberse obrado con lógica similar a la del calderonato cuando, para alivio del erario, se decretó la extinción de la Compañía de Luz y Fuerza: trabajo previo de respeto a los derechos laborales y dinero hasta de sobra para las liquidaciones de ley.
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A los agentes federales se les humilla con la patraña de que no servían para nada y sus jefes eran una bola de corruptos (aunque ninguno ha sido formalmente acusado).

Todavía ayer, a propósito del viernes de caos, el presidente Andrés Manuel López Obrador soltó: “Se echó a perder esa corporación. Estoy pidiendo se haga investigación a fondo (¿se le aniquiló sin hacerla?, pregunto) y se den a conocer cuáles eran esas irregularidades. La corrupción no se va a permitir y aunque cierren todas las calles y carreteras de México no vamos a detener el combate a la corrupción. Si no quieren estar en la Guardia Nacional, tienen la opción de trabajar en un servicio que se está creando para vigilar oficinas e instituciones de gobierno», dijo, lo cual confirma una sorprendente desinformación.

A 10 meses de haber tomado posesión del cargo, Durazo no le ha dicho que los policías federales quisieron serlo por soberana decisión, que para esto fueron capacitados y que nadie puede ser obligado a hacer lo que no quiere.

El caso hace pensar en el médico que desde la facultad soñó ser neurólogo, se especializó y ganó su plaza en el Instituto Nacional de Neurología. De repente, una nueva autoridad afirma que la institución era una porquería, que había corrupción y que el personal puede habilitarse como anestesista o portero en alguna clínica del IMSS.

¿Quién aceptaría?

Demeritados todos, de los casi 40 mil que conformaban la policía mejor aquilatada por la sociedad, suman poco más de 25 mil los ya «comisionados» a la Guardia Nacional (de la que pudieron haber sido núcleo en la ensalada de policías militares, navales y nuevos reclutas) que, en vez de dedicarse al análisis y combate al secuestro y las drogas, andan desplegados en la fracasada escuela de «control territorial», en vez de que se les aproveche en lo suyo: la canija y tan escasa Inteligencia.