Estados Unidos cierra el puño ante Rusia y China

Desde hace años hay coincidencia casi general de que Joe Biden es un buen hombre, pero no en el sentido mexicano de la expresión. El que se confunda, va a perder.

Antes de cumplir dos meses en el poder, ya puso a Putin en el casillero que le corresponde: es un asesino, aceptó el presidente en una entrevista con NBC News y adelantó que el autócrata ruso “pagará el precio” de haber intervenido en las elecciones de Estados Unidos.

Es un tema de seguridad interior.

Rusia alienta al extremismo interno en Estados Unidos, que es la principal preocupación de seguridad nacional.

También la semana pasada, el gobierno de Biden le marcó el territorio a China y maltrató a sus dirigentes.

Son dos temas distintos. China no intervino en la elección de Estados Unidos, es una gran potencia, y tiene un desarrollo tecnológico y poderío militar que le permiten hablar de igual a igual en esos terrenos con los líderes de este país.

Rusia, en cambio, si bien posee armamento nuclear y puede amedrentar a Europa, que depende de su gas, es un país que hasta hace un par de años tenía una economía menor a la mexicana.

Putin ha sabido venderse como un nuevo zar que reconstruirá “la gran Rusia”. Se sirvió de Trump, lo usó o se usaron, aprovechó la inconsistencia de Obama, y manejó bien la llave del gas en los hogares europeos.

Se equivocó con el buen hombre llamado Joe.

Intervino en las elecciones, en contra de Biden, perdió y fue descubierto.

El Informe sobre Amenazas Extranjeras a las Elecciones 2020, elaborado por la directora de Inteligencia Nacional, Avril Haines, es claro y contundente: “Incluso después de las elecciones, los actores rusos de influencia en línea continuaron promoviendo narrativas que cuestionaban los resultados de las elecciones y despreciaban al presidente Biden”.

(Si tiene tiempo y traductor automático, le sugiero leer el informe completo, que fue desclasificado el miércoles reciente: https://www.dni.gov/files/ODNI/documents/assessments/ICA-declass-16MAR21.pdf).

La historia del ‘fraude’ se promueve en Estados Unidos por agentes rusos (y por radicales nativos), y provoca violencia al interior del país. Eso es lo que opina el gobierno. No se lo va a perdonar a Putin.

Y ya es tiempo de ubicarlo. En una semana Estados Unidos puede mandar a Rusia de vuelta a la Edad Media, y nadie desea eso.

China es otra cosa.

Sin embargo, sonó como un bombazo la forma en que el gobierno de Biden le marcó el territorio la semana pasada.

El secretario de Estado y el de Defensa, Antony Blinken y Lloyd J Austin III, fueron a Asia únicamente a visitar a sus aliados históricos, abandonados por Trump: Japón y Corea del Sur.

China no existió en ese viaje.

Los jerarcas chinos fueron citados por Blinken a Estados Unidos, donde se reunieron el jueves, en Alaska.

Previo a su encuentro con el ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yi, el secretario de Estado se expresó de la siguiente manera, en Corea: “China está utilizando la coerción y la agresión para erosionar sistemáticamente la autonomía de Hong Kong, socavar la democracia en Taiwán, violar los derechos humanos en Xinjiang y el Tíbet, y hacer valer reclamos marítimos en el mar de China Meridional, que son violatorios del derecho internacional”.

El mismo jueves en que se reunió con las autoridades chinas en Alaska, Blinken dijo al Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes que China está cometiendo ‘genocidio’ contra los musulmanes uigures en Xinjiang.

De ahí voló a Anchorage a reunirse con el canciller de China, no sin antes dar a conocer una lista de 25 jerarcas del Partido Comunista de ese país con sanciones financieras por “erosionar la autonomía de Hong Kong al modificar las leyes electorales, lo que niega a los hongkoneses una voz en su propio gobierno”, explicó Blinken en un comunicado oficial del Departamento de Estado.

Al llegar a Estados Unidos el canciller chino acusó el golpe con ironía: “Se supone que ésta no es la forma en que uno recibe a sus invitados”.

Sí, Blinken los doblegó en las formas al hacerlos ir a Alaska luego de haber estado en Asia dos días antes, pero la delegación china nunca se amilanó.

Ahí en Anchorage, Wang Yi llamó –con una buena dosis de razón– “hipócrita” a Estados Unidos (racista como pocos y ahora sus energúmenos supremacistas volcados contra personas de origen asiático).

China juega en una liga diferente a Rusia. Es potencia de verdad.

Otra forma de ver la reunión es que, si los dirigentes de ese país acudieron a la cita en territorio estadounidense, es por la serenidad que les infunde su creciente poderío.

A su regreso de Alaska, Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional del presidente Biden, le comentó al influyente analista Josh Rogin –ahora en el Washington Post–, que el objetivo de la reunión era persuadir a China que no despliegue su estrategia a expensas de sociedades libres y abiertas.

Pero hay más de fondo. China va muy rápido y Estados Unidos ha perdido tiempo, credibilidad ante sus aliados, y los valores que cohesionan a esta sociedad se han deteriorado.

Biden, ese buen hombre que gobierna a Estados Unidos, no se parece a Trump. El próximo mes deberá estar aprobado en el Congreso un paquete de 100 mil millones de dólares para enfrentar a China donde le urge hacerlo: inteligencia artificial, telecomunicaciones 5G, computación cuántica (mucho más rápida que la 5G) e investigación biomédica, a través de una renovada National Science Foundation.

El senador republicano Todd Young, que junto al líder de la bancada demócrata encabeza el proyecto legislativo, resumió el objetivo con franqueza: “Enfrentar y competir con China es el desafío geoestratégico más importante de nuestro país en el futuro previsible”.