GONZÁLEZ de ALBA no se olvida

Carlos Marín

Casi dos meses antes de suicidarse con un disparo al corazón la mañana del 2 de octubre de 2016, el amado Luis González de Alba escribió para MILENIO (donde publicaba cada semana las columnas La calle y Se descubrió que…) su último texto bajo el título “Podemos adivinar el futuro…” (solía dejar a la imaginación los puntos suspensivos). Comenzó: “Escribo esta predicción la noche del 4 de agosto. Cuando se publique será domingo 2 de octubre. Habrá una manifestación de chavos que no saben qué es lo que ‘no se olvida’ porque ya lo olvidaron o nunca lo han sabido. Habrá hordas de vándalos robando, quemando, golpeando. Si no los detiene la policía serán infiltrados al servicio de la policía y pretexto para reprimir a los ordenados manifestantes. Pero, si logra detener a algunos, mágicamente se transformarán en ‘presos políticos’, chivos expiatorios del vandalismo de los infiltrados por la policía”.

Suponía o vaticinaba que el día de su muerte iba a tener “el imborrable recuerdo de la manifestación por los primeros 10 años, cuando volví a la Plaza de las Tres Culturas con un brazo enlazado en el brazo del amor de mi vida (…) para oír, primero estupefactos, al presentador a cargo de anunciar el arribo de cada columna, luego riendo a carcajadas, porque vio la manta sostenida por Juan Jacobo Hernández y los primeros valientes: Frente Homosexual de Acción Revolucionaria…”.

El texto postrero de uno de los más representativos, inteligentes y admirados líderes del Consejo Nacional de Huelga concluía preguntando: “¿Te habrán arrebatado la Medalla Belisario Domínguez, Gonzalo Rivas Cámara, que salvaste cientos de vidas a costa de la tuya?”. Esta idea lo ilusionaba porque nadie como él reivindicaba la memoria del joven que murió quemado al impedir el estallido de una gasolinera que, según testimonios de sus compañeros trabajadores, había sido incendiada por normalistas de Ayotzinapa que cerraron la autopista México-Acapulco. La estación, alcanzó a publicar el 25 de septiembre (el domingo siguiente se mataría), “habría volado los tanques subterráneos de gasolina y lanzado autobuses llenos de pasajeros, autos y transportes de carga por los aires con la carpeta asfáltica y las casetas secuestradas”.
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Durante la efervescencia del movimiento que año con año se conmemora, pero no por el festivo espíritu libertario y sin propósito ideológico alguno que lo motivó hace 51 años, sino por la matanza en Tlatelolco, el auditorio Justo Sierra de Ciudad Universitaria fue renombrado Che Guevara por iniciativa de Luis y de lo cual, ante la patente degradación de este espacio en manos ajenas a cualquier causa respetable, vivió mortificado y arrepentido.

En su último escrito, el querido Lábaro (como también se le conoció en esos remotos años) tecleó: “Ya es 5 de agosto en la madrugada. El 2 de octubre será como describo…”.

Ojalá que no.