La contrarreforma educativa

Jorge Fernández Menéndez

Nada de cara al futuro es más importante al día de hoy que el debate sobre la Reforma Educativa. La que para muchos se convirtió en la principal reforma, junto con la energética, de este sexenio está en peligro por la falta de comprensión de la esencia y la necesidad de la misma y, sobre todo, por vanos cálculos electorales.

A diferencia de otras reformas que generaban mayores desconfianzas o dudas, la educativa fue apoyada por un porcentaje altísimo de la población, que en un porcentaje igual de alto se opuso a los desmanes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación por una parte, y al liderazgo (que en realidad tuvo muchas más luces y sombras que las del imaginario colectivo) de Elba Esther Gordillo en el magisterio. Desde siempre, López Obrador se ha opuesto a la reforma, aliado primero con la CNTE y ahora también con Elba Esther. Una oposición que se podía comprender, pero no compartir, cuando estaba formando Morena, pero sin sentido en alguien que puede ser el próximo Presidente de la República.

Apenas la semana pasada, en un texto, López Obrador había matizado sus opiniones sobre la reforma y había dicho que se analizaría diversos aspectos de la misma sin buscar abolirla. Pero el sábado, en Oaxaca, presentó sus diez compromisos por la educación que tienen como componente principal derogar la Reforma Educativa.

En los hechos es una contrarreforma porque propone regresarle atribuciones en el control de la educación en los estados a grupos como la CNTE y se complementa con medidas que pueden ser bien intencionadas, pero que son también cuestionables. Propone darle becas a todos los estudiantes de preparatoria del país y un apoyo de dos mil 400 pesos mensuales a todos los estudiantes universitarios, al mismo tiempo que plantea un mecanismo de centralización en las universidades que terminaría afectando los márgenes de autonomía de las mismas (que haya sido el único candidato que no fue al encuentro con los rectores de la UNIES está íntimamente relacionado con ello).

Incluso, el domingo, de gira por Veracruz, dijo que en caso de ser elegido enviará una iniciativa preferente en cuanto asuma el poder para que el Congreso derogue la reforma. Dijo también que los maestros no se oponen a la evaluación, pero que no aceptará que se despida de su empleo a los que no han pasado la evalución, aunque lo cierto es que ni un solo maestro ha perdido su plaza por no aprobarla (lo que dice la ley es que pueden conservar la plaza, pero que si no están calificados, y reprueban en tres ocasiones la evaluación, no pueden estar al frente de un salón de clases, lo que resulta casi una obviedad, algo de sentido común). Lo que no se puede hacer, como se está proponiendo, es una suerte de evaluación a modo.

Hay innumerables aspectos positivos de la Reforma Educativa que se deben conservar y profundizar. Pero uno es básico, no se puede garantizar la calidad de la educación sin mecanismos de evaluación y preparación de los maestros. Hay aspectos positivos en la propuesta de AMLO, como aumentar escuelas de tiempo completo, o garantizar la alimentación de los niños en las escuelas, pero todo eso también está contemplado en la reforma, simplemente tendría que implementarse, quizás de forma diferente a la actual. Y algo similar sucede con la evaluación magisterial. Lo que no tiene sentido es abolir toda una reforma de gran calado que desde hace unos años ya se está implementando y que gozó del más amplio apoyo legislativo y de la población, cuando se puede operar desde los espacios que esa misma reforma otorga.

En la entrevista que hicimos con Alfonso Romo, el coordinador de programa de gobierno de López Obrador, y que publicamos en este espacio, hay varios momentos reveladores. Uno de ellos es cuando Romo habla de la Reforma Energética y de los contratos petroleros. “¿Qué estamos diciendo de la Reforma Energética en concreto?, dice Romo, que vamos a respetar todos los acuerdos y el Estado de derecho…vamos a ver cómo están las licitaciones.

Hasta hoy lo que hemos analizado y que vamos a presentarle en un mes a Andrés Manuel, es que hasta hoy lo que hemos visto es que están muy bien hechas, y quiero aplaudir a la autoridad. Porque nunca me he encontrado tantas compañías extranjeras aplaudiendo la transparencia con que fueron hechas las licitaciones.  No me he metido en las otras. Entonces lo que esté bien lo vamos a dejar, lo que hay que ajustar lo vamos a ajustar, le que tenemos que quitar porque no es bueno para el país, lo vamos a proponer al Legislativo cambiarlo. Pero los primeros tres años nos estamos comprometiendo a no mover nada, a dar mucha confianza”.

Me parece un reconocimiento esencial en un ámbito estratégico para el futuro del país como es el energético. Pero la importancia de la educación es aún mayor. ¿Por qué en lugar de abolir, derogar, acabar con la Reforma Educativa, no impulsarla más aún, llevarla más allá, reconocer lo que sirve y trabajar en lo que se puede mejorar? ¿No se entiende que si fracasa la reforma o se la echa para atrás, la que pierde es la educación pública y se fortalece la educación privada? ¿Qué necesidad tenemos de tratar de refundar el país cada seis años?