La invención del comunismo en Guatemala, 1954

Héctor Aguilar Camín

Empecé a leer Tiempos recios, la nueva novela de Mario Vargas Llosa, montada sobre la historia del golpe a Jacobo Árbenz en Guatemala, en 1954.

Aquel golpe fue el segundo gran éxito catastrófico de la CIA en su largo trayecto de barbaridades. El primero fue el golpe contra Mossadegh en Irán, en 1953. Lo común a ambos golpes es que las intervenciones de la agencia estadunidense, hija de la Guerra fría, dieron lugar a desacomodos tan profundos en esas regiones que todavía pueden rastrearse sus daños.

En América Latina, el golpe de Árbenz inauguró, por un lado, la siniestra sucesión de golpes de Estado de las siguientes décadas, y, por otro, la de movimientos armados y revoluciones, cuyo triste epítome es Cuba y cuya historia de violencia y sangre apenas puede exagerarse.

Vargas Llosa empieza su novela con la increíble historia de los dos emigrados a Estados Unidos que diseñan de hecho el desastre que se cumplió en Guatemala.

Uno de ellos, emigrado de Rusia, es el aventurero creador del imperio bananero que conocemos como United Fruit. El otro es un refinado miembro de la élite cosmopolita estadunidense, profeta de las relaciones públicas y de la propaganda, es decir, de cómo moldear la opinión y la política a favor de una causa o una empresa.

Hacia 1950, el dueño de United Fruit estaba harto de la mala fama de su empresa y contrata al publirrelacionista. Hay un nuevo presidente guatemalteco, Juan José Arévalo, en cuyo entorno se habla de reforma agraria y derechos laborales, cosas que suenan a comunismo.

El publirrelacionista viaja a Guatemala y dedica dos semanas a entrevistar a todo mundo. Regresa con la noticia de que no hay en Guatemala riesgo alguno de comunismo.

El verdadero riesgo, informa, es que se quiere instaurar ahí “una democracia moderna”, a la estadunidense, con competencia económica y derechos laborales.

Eso sí que es amenazante para la United Fruit, dice el publirrelacionista: competencia, derechos laborales, democracia.

¿Cómo combatirlo?, se pregunta. Se responde: sembrando en Estados Unidos la idea de que Guatemala no es una avanzada de la democracia americana, sino del comunismo soviético.

Eso hacen.