Las reglas no escritas de la democracia

Héctor Aguilar Camín

Las constituciones y las instituciones no bastan para garantizar la vida de una democracia, dijo Steven Levitsky en su conferencia de la cátedra Mario Ojeda del Colegio de México, que glosé ayer.

La salud democrática descansa en dos reglas no escritas sin cuya observancia las democracias tienden a destruirse desde dentro.

Esas reglas son la tolerancia incluyente del adversario y la autocontención en el uso de las propias facultades legales.

La tolerancia incluyente quiere decir la aceptación de la legitimidad de las ideas, las razones y las causas del adversario político. Descansa en el supuesto de que las diferencias políticas, a menudo inconciliables entre partidos y candidatos, son solo eso: diferencias entre adversarios legítimos, no amenazas existenciales de uno para otro, no un juego de suma cero en la que hay que vencer al precio que sea.

La autocontención institucional es una regla aún más delicada y sutil. Se trata de que los actores no utilicen hasta sus últimas consecuencias los poderes que les otorga la ley, que no usen su mayoría para aplastar a la minoría, el poder ejecutivo para avasallar o saltarse al legislativo y al judicial, ni estos enderecen todos sus recursos a bloquear o derribar al ejecutivo.

Levitsky llama al uso extremo de las facultades legales “dureza constitucional” (constitutional hardball) y se refiere al hecho sutil de que puede aplicarse a rajatabla la letra de la ley para violar su espíritu.

La democracia estadounidense no nació con estas reglas no escritas. Las construyó luego de sus terribles experiencias de discordia, que llevaron al país a la guerra civil. Pero desde fines del siglo XIX la observancia de estas reglas no escritas dio a la democracia americana el doble rostro de una pluralidad vigorosa y una estabilidad inigualable, capaz no sólo de gobernar su país sino de volverlo el país de referencia de la gobernabilidad global.

La observancia de estas reglas empezó a diluirse en Estados Unidos, dice Levitsky, a partir de los años noventas del siglo pasado, como consecuencia de grandes cambios demográficos y políticos que empezaron a desafiar la hegemonía, indisputada hasta entonces, tanto en el bando republicano como en el demócrata, del grupo étnico blanco dominante.