Mariguana y esta vida loca, loca, loca

Es el South Beach de esta ciudad, donde nadie usa cubrebocas. Ni el agente Briskoll, que fuma sentado en el escalón de una banqueta.

Con sólo entrar a la zona peatonal de la avenida, estalla ante nuestros ojos un extravagante carnaval pluriétnico donde jóvenes hacen cabriolas en una sola rueda de su bicicleta, otros bailan sin pareja y con botellas de licor en la mano, tarjeteros invitan a la party donde las mujeres entran gratis y tienen barra libre hasta las nueve, otros gritan canciones mientras avanzan dando brincos en patineta en este universo paralelo.

Llena está Ocean Drive, la avenida que alguna vez tuvo un toque de elegancia y perdió parte de su encanto por los excesos que se ven a las cuatro de la tarde: ojos inyectados de luz droga, algo de delincuencia en las noches, y una multitud próxima a la euforia para la que no existen límites ni Covid.

Pero la mayoría de la gente parece alegre, sana, que disfruta medio en cueros la libertad de hacer lo que le venga en ganas a orillas de un paraíso azul turquesa, bullicioso y multicolor, donde toda la playa es pública.

Y hay mota. Mucha mota.

Qué manera de quemar mariguana por aquí.

-¿Está permitida la mariguana en Miami?-, pregunto a un amigable –como todos– ‘capitán’ (host) en el mostrador callejero de un restaurante.

-No, no, está prohibida-, responde el joven ‘capitán’ nicaragüense.

-¿Entonces?-, le indico con la nariz hacia el torrente humano.

-Ah, bueno, tendrían que llevarse presos a todos. No se puede-, dice con los brazos extendidos.

Y no, no son spring breakers los protagonistas de esta realidad alterna.

Por lo menos no a esta hora de la tarde.

Había muchos de ellos en la playa, cerca del mar, dormitando. Hasta 10 jóvenes en camastros para dos, inmóviles como lobos marinos sobre rocas en el mar de Cortés.

-Está muy tranquilo ahora-, dice la joven ‘capitana’ (hostess) en el mostrador del restaurante Havanna 1957.

-¿Tranquilo?

-Sí, el fin de semana se pone mucho más movido-, me cuenta a unos metros del Cleavelander que anuncia “una noche caliente” a partir de las 7 pm, con mojitos y tequila shots. Junto al letrero, dos paseantes se despachan un porro del grosor de un Habano.

De todo se ve aquí, y en buena parte de la ciudad.

En Bay Side, un lugar de souvenirs y restaurantes informales cerca de la terminal de cruceros, hay una tienda con todo tipo de productos derivados de la mariguana.

-Por acá está lo mejor que tengo-, nos dice el encargado, a quien se le informó que era periodista, y cuenta “lo feliz que estoy en esta empresa, a la que llegué después de años de trabajar en Dior”.

“Vean, muy bueno”. Es un frasco con un gotero que vacías su contenido debajo de la lengua y ya está.

-¿Ya está? ¿Cómo?

-Sí, ya está, porque contiene suero de THC y CBD, cuyos efectos se complementan.

“El CBD te provoca los efectos de relajación, y el THC contiene los elementos psicoactivos con los efectos de la planta”, explica una especialista en esencias y aceites, con el frasco en la mano, que tiene un precio de 90 dólares.

-¿Entonces?, insisto, sin comprender bien la terminología.

-Mira estas gomitas de dulce. Hay de THC y CBD. El THC es el que te droga, te pone high, el tiempo pasa más lento, se reseca la boca y sientes que flotas. El CBD sólo toca el sistema linfático de modo relajante”. Creo haber entendido.

Pero aquí en Alter Native CBD Shop hay mucho, muchísimo más.

Productos de belleza con base en la planta de cannabis. Máscaras para la cara, crema de rededor de ojos, plantas, unas bolitas para fumar, galletas de mota, aceites, té de mariguana, un aceite de cáñamo que es bueno para la piel, y uno que te untas para prevenir el envejecimiento.

Es ‘el aceite de la inmortalidad’, me dicen.

Otra ‘joya’ nos muestra el encargado, y enseña un tubo de cristal que adentro tiene un churro delgado, con polvo café adherido: “Es lo más concentrado que puedes obtener”.

Para nada es el único lugar donde se venden productos derivados de la mariguana, que está prohibida como tal.

En el mall Brickell City Center, ubicado en el corazón del distrito financiero de esta ciudad, hay un cajero automático para sacar productos derivados de la cannabis. Está justo arriba de Sephora, en el edificio donde se encuentra Sacks Five Avenue.

Lo mismo: caramelos, aceites, cremas, esencias y unas bolitas que son muy demandadas para usar en la tina. Son bathbomb.

Sobre del cajero automático hay una frase lúdica: CBD has an older, badder sister (CBD tiene una hermana mayor que es muy mala).

Imparable la mariguana y todo lo que de ella se deriva.

En 2019, la industria de la mariguana en Estados Unidos tuvo ingresos, legales, por 13 mil 600 millones de dólares. Y da empleo a 340 mil personas.

Quince estados del país autorizan la mariguana para fines recreativos y 36 permiten su uso médico.

La encuestadora Gallup registra que, en 2000, el 34 por ciento de la población estaba en favor de legalizarla. Ese porcentaje aprobatorio subió a 68 por ciento en 2020.

Imparable la mariguana, con todo y sus consecuencias.

El director de Asuntos Públicos de la Oficina de Control de Drogas entre 1994 y 2001, Robert S. Weiner, sostiene que en los estados donde la mariguana es legal, creció 25 por ciento el consumo entre adolescentes de 12 a 17 años.

El movimiento también crece en Ocean Drive, en Miami Beach.

Mucha gente en la calle, de todas las edades, y los fines de semana de esta peligrosa primavera forman un caudaloso río humano, como la salida del Estadio Azteca.

Supuestamente aquí hay ‘toque de queda’ a partir de las ocho de la noche por los desmanes causados por los springs breakers, en los que ha habido balazos, golpes, botellazos, heridos, detenidos y primeras planas en todo el país por el escándalo en plena pandemia.

Pero eso del ‘toque de queda a las ocho de la noche’ es cuento. O un recordatorio de que Miami es más latina que anglosajona.

Todos los restaurantes, muchos de los cuales son centros nocturnos cuando se oculta el sol, cierran a la medianoche.

Le pregunto al ‘capitán’ de The Locus qué pasa si la policía te encuentra en la calle después de las 12. “Te dicen que te vayas a tu hotel o a tu casa”.

En el 1116 de Ocean Drive está la que fue la mansión de Gianni Versace. Ahora es hotel y restaurante. Ahí a la entrada, el diseñador italiano fue asesinado de dos tiros en julio de 1997, uno en la cabeza y otro en la garganta, cuando regresaba de desayunar en el News Café, hoy cerrado y venido a menos.

Un poco más adelante, aguijoneado por la duda o la incredulidad, me acerqué a la ‘capitana’ del restaurante Sugar Night Club, una joven nacida en Buenos Aires de nombre Joaquina: “Aquí sí está permitida la mariguana, ¿verdad?” .

-No, pero como sí-, contestó con una sonrisa.

Ante la cara de extrañeza que fingió este reportero, fue más práctica e indicó hacia la gente que pasaba y su correspondiente estela de olor a mota: “Todo mundo. Mirá”.

Sí, un hervidero de personas sin cubrebocas.

En la página web del New York Times se lee: “Condado de Miami Dade, con alto riesgo de contagio”.

Y en el mapa, Florida, entre los estados que menos vacunas ha puesto.