Mi cuota de goles

Carlos Rey

Tenía más apodos que un pistolero del Viejo Oeste, pero se los merecía como el artillero más letal de la historia del fútbol argentino: «el diablo saltarín», «el hombre de mimbre», «el trampolín», «el semidiós», «el duende rojo», «míster gol», «el hombre de plástico», «el malabarista», «el semillero de Avellaneda». Y debido a su país de origen pasó a la historia también con el sobrenombre de «el paraguayo de oro». Se trata de Arsenio Erico, que en las décadas de 1930 y 1940 sobresalió en el Club Atlético Independiente de Avellaneda, con el que se convirtió en el máximo goleador de todos los tiempos, marcando, según el historiador Claudio Keblaitis, 295 goles.1

Erico se destacó no sólo por la cantidad de goles que anotó, sino también por la calidad con que los hizo: goles con «cabezazos científicos», con «toques de billar», de rebote, de palomita y de taquito, tal como «el balancín» que le convirtió al Boca Juniors el 12 de agosto de 1934. Sesenta y un años más tarde, el arquero colombiano René Higuita haría famosa esa acrobática maniobra futbolística conocida entonces como «el escorpión», que en el año 2008 sería premiada como la mejor jugada del siglo veinte.2

Sin embargo, una de las anécdotas legendarias del fútbol tiene que ver con goles que Arsenio Erico pudo haber marcado pero no marcó. Sucedió al final del campeonato de 1938, el primero que ganó su equipo Independiente en la época profesional. En una entrevista que le hizo Raúl Molina para la revista Goles, Erico aclaró la leyenda como sigue:

«Ocurrió que en el último partido del torneo nosotros enfrentábamos a Lanús, y algunos periodistas amigos se me acercaron al vestuario con una iniciativa: “Mirá, Arsenio, no te pasés de los 43 goles. Si los conseguís, nosotros nos vamos a encargar de convencer a los fabricantes de [la marca de cigarrillos 43] de la conveniencia que es, para el prestigio de su marca, que te acuerden un premio especial.

»Salí a la cancha pensando que nada podía perder si lograba fijar mi cuota de goles en los 43. Y como me faltaban dos, me conformé con hacer sólo un par. Independiente ganó ocho a [dos], pero yo me paré en mis 43, y a la semana la idea aquella de los periodistas se tornó realidad: me llamaron de la industria tabacalera y me entregaron una recompensa de dos mil pesos, ¡una pequeña fortuna para aquellos años!»3

Según Alejandro Butera, en su obra sobre los Los fabricantes de cigarrillos en la Argentina, aquellos directivos le propusieron a Erico lanzar una nueva marca de cigarrillos con su nombre y su foto, pero él la rechazó porque «creía que el cigarrillo no era asociable con el deporte». ¡Y luego compartió los dos mil pesos con sus compañeros de equipo!4

Quiera Dios que sigamos ese ejemplo que nos dejó Erico, que bien pudo haber justificado lo que hizo con las siguientes palabras de San Pablo: «“Todo está permitido”, pero no todo es provechoso. “Todo está permitido”, pero no todo es constructivo. Que nadie busque sus propios intereses, sino los del prójimo.»5