Un capitalismo dinámico, pero ¿legítimo?

Lorenzo Meyer

Un par de noticias recientes pueden ilustrar el tema de esta columna. Por un lado, una curiosidad que aparece en la prensa norteamericana: un multimillonario de Chicago, Kenneth C. Griffin, que prosperó con los llamados fondos de alto riesgo (hedge funds), acaba de adquirir en Nueva York el departamento más caro de la historia de Estados Unidos: un penthouse, aún sin terminar, en una torre de 79 pisos en Central Park South, en Manhattan —construida tras desalojar a inquilinos no muy ricos—, por 238 millones de dólares. Lo que llamó la atención del periodista es que el magnate de 50 años no va a vivir ahí y que ha acumulado residencias por un valor de 700 millones de dólares, donde exhibe, entre otras cosas, dos cuadros —uno de Pollock y otro de Kooning— por los que pagó 500 millones de dólares, (The New York Times, 24/01/19). Claro, el Sr. Griffin, que posee una fortuna de 10 mil millones de dólares, también ha hecho donativos sustanciales a museos y universidades (ricas). Para el periodista, Griffin es un ejemplo del estilo de vida que hoy permite la acelerada concentración mundial del capital.

La segunda noticia —la otra cara de la moneda del capitalismo actual—, la da Oxfam: el ingreso de la mitad más pobre de la población mundial —3,700 millones de personas— es igual a la riqueza acumulada por los 26 personajes más ricos del mundo. La concentración mundial del ingreso crece al mismo ritmo que la desigualdad social. Otra forma de ver el mismo fenómeno es esta: el 82% de la riqueza generada en el mundo el año pasado fue a parar a manos del 1% más opulento de la población mientras que el 50% más pobre permaneció como ya estaba (Oxfam, “Bienestar público o beneficio privado” 02/01/19, www.perfil.com). Estos datos y otros similares los presentó Oxfam justamente en el llamado Foro Mundial de Davos, en los Alpes suizos y donde anualmente se reúnen los grandes potentados del mundo a discutir los grandes problemas mundiales desde su perspectiva. Enfocando desde el mismo ángulo a la situación en casa, resulta que en 2018 y en México, la fortuna de Carlos Slim aumentó en 12 mil millones de dólares respecto del año anterior, lo que la hace equivalente a la que tenían los 60 millones de mexicanos menos afortunados —la mitad de la población que se encuentra en el fondo de nuestra pirámide social. Esto significa que a nivel local simplemente se está repitiendo el fenómeno mundial (www.animalpolitico, 29/01/19).

Los organizadores del amable y selecto encuentro de los grandes capitales del mundo en Davos, consideraron adecuado, quizá para mostrar una pisca de pluralidad, que la revista Time incluyera entre sus conferencistas a un joven (30 años) historiador holandés, Rutger Bregman, especialista ¡en pobreza y desigualdad! Bregman se ha hecho notar por los argumentos a favor de un ingreso básico garantizado para todos los ciudadanos, (Utopía para realistas, Barcelona: Salamandra, 2017). El invitado de Time, sin informar previamente a los organizadores, decidió que debía centrar su ponencia en “el elefante en la sala”, o sea, que debía mencionar la soga en casa de los que temen a la horca. Lo que hizo fue abordar un problema del que los opulentos prefieren que no se hable en público: lo saludable y necesario para la salud de las sociedades que resultan los esquemas de los impuestos progresivos a las ganancias del capital. La tesis de Bregman, de Oxfam y de muchos otros, es simple: si los super ricos de este mundo son lo que son, acumulan cada vez más riqueza y la brecha social se hace cada vez más grande, ello se debe a que los Estados han decidido no cobrarles los impuestos que deberían y que, al contrario, como lo demostraron las recientes reformas fiscales de Donald Trump en Estados Unidos o de Emmanuel Macron en Francia, por ejemplo, han decidido bajarlos para, supuestamente, alentar la inversión.

La conclusión de los argumentos de Bregman es simple y contundente: hoy la pobreza ya puede y debe ser erradicada, pero de ninguna manera eso puede ocurrir bajo el actual modelo de concentración acelerada de la riqueza y ampliación de la brecha de la desigualdad.

En México, el nuevo gobierno se encuentra en una maraña de tensiones. Y una parte de esas tensiones tiene su origen precisamente en un esfuerzo, bastante modesto, por detener la creciente brecha entre pobres y ricos. Y es que ese esfuerzo debe hacerse sin alterar lo que Bregman considera necesario alterar: la estructura impositiva. Para llegar al poder, Andrés Manuel López Obrador debió apaciguar a una derecha que desde 1986 había hecho todo lo posible —legal e ilegalmente— para impedir o reconocer un triunfo electoral de la izquierda. Por eso tuvo que comprometerse a no aumentar los impuestos. Sin embargo, por otro lado, con una deuda equivalente al 45% del PIB y una recaudación fiscal que apenas llega al 17% de ese PIB, se quiere garantizar un ingreso modesto a personas de la tercera edad y discapacitadas, dar becas a estudiantes y a jóvenes que acepten trabajar como aprendices, ofrecer precios de garantía a agricultores, construir nuevas universidades, infraestructura, etc.

En fin, que la pugna mexicana por el papel del Estado en la redistribución de los recursos generados por el proceso productivo, es sólo un capítulo de una contienda mucho mayor y que ya caracteriza a este inicio del siglo XXI.