USA: ¿República bananera?

Durante muchos años lo que marcaba la diferencia entre el quehacer político de algunos países desarrollados y de los países emergentes o de los que de manera despectiva se les conocen como repúblicas bananeras, era que a los desarrollados se les consideraba como “países serios”. Desde hace cuatro años que Donald Trump ganó la elección estadounidense, el mundo se ha quedado asombrado. El mundo sigue sin comprender qué es lo que ahora puede pasar en un país que hasta este momento – a pesar de todas sus fallas, problemas y enfrentamientos – no sólo se le consideraba serio, sino que en sí representaba la quinta esencia de la seriedad misma.

Después de la elección con mayor participación ciudadana y la más concurrida de su historia, Estados Unidos busca un Presidente. Según las normas que hasta ahora han permitido la proclamación de un candidato como Presidente, Joe Biden ganó la elección. Pero hay que entender que en Estados Unidos – a diferencia de otros países – no cuenta con una autoridad central que proclame y refrende el resultado global, sino que este es la suma de diversos resultados. Desde que en 1776 Thomas Jefferson – con la ayuda y edición de Benjamin Franklin y John Adams – redactó la Constitución, el sistema estadounidense ha contado con cincuenta y un organismos electorales, uno por cada Estado, con plenitud y libertad de contabilizar, proclamar y asignar esos monstruos cada vez más significativos que son los votos electorales y que pertenecen al viejo desván de los miedos y de los aprendizajes de la antigua Roma. Frente a la desconfianza del voto popular, Jefferson y los demás redactores decidieron crear una segunda instancia en la que curiosamente – contrario a todo principio democrático – el poder no se otorga mediante un voto, sino que éste se obtiene tras la suma de los votos de los colegios electorales – que también se componen de votos y que desde 1964 está compuesto por quinientos treinta y ocho electores – pero que la designación de estos varía según la población y el censo de cada Estado. Este organismo es el Colegio Electoral, tan controversial en nuestros días.  

Tras las últimas elecciones muchas cosas están en juego, pero la más importante es la viabilidad y el futuro del sistema político y electoral estadounidense. Pero ahora sí hemos llegado al final del juego y la cosa aparentemente es muy sencilla. Por un lado – y como consecuencia de las dos últimas elecciones – existe la posibilidad de que el Colegio Electoral sufra un cambio estructural profundo. Por el otro lado está la opción de que constitucionalmente – y en un camino nada fácil – se opte por eliminar el Colegio Electoral para dejar la capacidad de elegir a un Presidente únicamente por medio del ejercicio del voto popular.

Básicamente, América es hija de dos partidos: el Demócrata y el Republicano y no simplemente porque entre ambos se vayan alternando los Presidentes, sino porque todo el equilibrio de poderes está construido sobre la hegemonía política – casi total – de esas dos instituciones. ¿Qué le pasa al partido Republicano? Este partido aceptó a un candidato que no era de los suyos – y que además perfectamente pudo haber sido demócrata o libertario – que era Donald Trump. Pero una vez que lo aceptó, lo proclamó candidato y que ganó las elecciones, la apropiación bajo las técnicas mismas de Trump en el partido Republicano, ha sido total. Llama la atención ver a figuras de la dimensión como lo es el senador Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el Senado, justificando lo que son las campañas y los elementos de desinformación de Donald Trump. Y es que en la actualidad el “trumpismo” ha encontrado más defensores y aliados en los viejos patricios como McConnell o el senador Lindsey Graham que en los jóvenes leones congresistas – que seguramente ideológicamente son más radicales – pero que no se han atrevido a jugar con la continuidad del sistema.

En este momento lo que el partido Republicano tiene que decidir es con quién está. ¿Están con la versión de más de doscientos años de democracia seria, confiable y sobre todo predecible que supone el sistema electoral actual? O, ¿están del lado de la sensación de que, en el siglo XXI, el virtual, gobiernan los entretenedores y los payasos?  

Una vez que el partido Republicano tome la decisión, tendrán que decir si apuestan por un cambio de administración pacífico o si, por el contrario, al final del día optan por uno de los mayores peligros – que yo creo que es imposible – que es apostar a que Trump jure por su cargo en National Mall por segunda vez el próximo 20 de enero. Y es que el mayor peligro es que ya en algún lugar de las entrañas profundas del imperio que alguna vez fue Estados Unidos, reside un billonario que sabe que hubo más setenta dos millones de personas que lo votaron y que están esperando por un segundo mandato suyo mientras que la venta de armas se incrementa diariamente.

¿Existe alguna posibilidad de que Donald Trump gane? El sistema dice que no. Pero Trump es un hombre que a los dos días después de su derrota contestó destituyendo al jefe del Pentágono, Mark Esper. Además, sea verdad o mentira, Trump se ha dado a la tarea de llenar de mentiras conspirativas todos los cenáculos de Washington, D.C. y todos los centros del poder económico sobre que pensaba seguir adelante con la poda y que ahora pensaba cambiar a los responsables de las principales agencias de seguridad estadounidenses. ¿Qué significa esto? Es necesario descifrar por qué y cómo es que a setenta y tres días del cambio de poder un hombre – que simplemente dice que hubo fraude pero que hasta el momento de escribir este artículo no ha aportado una prueba con la consistencia suficiente – es capaz de obligar a su fiscal general William Bar y a los fiscales federales de abrir una investigación por posible fraude electoral. Además de que también es necesario encontrarle el verdadero significado que tiene el cese de Esper y el anuncio de que podría cambiar todo el aparato de seguridad estadounidense.

Un libro de cabecera que durante muchos años hizo la diferencia en Estados Unidos fue “Eso no puede pasar aquí” de Lewis Sinclair. Este es un libro en el cual se narra lo que nunca podría pasar en Estados Unidos: un golpe de Estado. Sin embargo, los textos de Lewis Sinclair – como algunos de Philip Roth – hace tiempo que dejaron de ser ficción y se han convertido en una realidad política de Estados Unidos.

Nunca, ni cuando Trump tomó posesión ni antes de empezar la Guerra Civil, había existido tanta prepotencia por parte de uno de los bandos. Ante esto el único consuelo es pensar que Biden es un político que lleva muchos años, de hecho, sin ningún problema también pudo haber sido el candidato del partido Republicano. Biden no sólo está obligado a ser el mejor gobierno, sino que está obligado a sumar a su gobierno – como en su momento Lincoln hizo formando su equipo de rivales demócratas – a alguno de los líderes principales republicanos para que las palabras no pasen a hechos y que Estados Unidos se meta en conflicto civil armado. Y es que si se es objetivo, la baja diferencia que representan los cinco millones que hubo entre Biden y Trump es la muestra clara de la división actual del país y es por la misma razón por la hace creer que el conflicto armado no sea una idea tan descabellada.

Mientras tanto, si alguien tiene dudas sobre hacia dónde hemos llegado que simplemente dé un paseo el mismo día en el que se eligió Presidente a Joe Biden por la Quinta Avenida – el epicentro del desarrollo, de la riqueza, de la seguridad económica y de la capacidad de tener estabilidad – y que sea testigo de cómo todos los grandes establecimientos estaban protegidos no como si fueran barricadas, sino como si estuvieran preparados para hacer frente a unos incidentes de los que ya nadie es capaz de controlar. Hemos tocado fondo. Y lo hemos hecho en el sentido de que ésta se ha convertido en una sociedad que ya no solo está dispuesta a enfrentarse en las urnas, sino que ya es capaz de enfrentarse en las calles. En unas calles en las que los comercios tienen que abrir sus puertas amurallados por tablones y con dueños que más allá de decir que sus establecimientos están abiertos, lo único que se ve dentro de ellos es miedo y una negación ante la estabilidad y seguridad que antes siempre habían caracterizado a Estados Unidos. Un país que siempre supuestamente siempre había sido un país serio.