¡Fuego en la pista! Y así los mexicanos setenteros entraron en la onda disco

13 abril 2019

Por Bertha Hernández | El hueco dejado por la represión sufrida por el rock mexicano se fue llenando con otras opciones musicales, la era de la música disco había llegado para quedarse. También, México se convirtió en una potencia de las telenovelas.

El hueco dejado por la represión sufrida por el rock mexicano se fue llenando con otras opciones musicales: seguían presentes los baladistas, consentidos de grandes y chicos, y Rigo Tovar era tan popular que se dio el lujo e ir a grabar a los estudios de Abbey Road.

Pero la música pop en inglés tenía atrapada a buena parte de las audiencias más jóvenes. De Abba a Elton John y los Jackson Five; de los Carpenters a América, pasando por Paul McCartney y los Wings, había ya un mercado mexicano muy consolidado. Entonces, empezó a sonar algo diferente, algo que se bailaba, y ese algo traía moda y estilos e ídolos nuevos, y espacios diferentes: la era de la música disco había llegado para quedarse.

La radio con esa nueva música empezó a ganar terreno: desde los chamacos de secundaria hasta los adultos jóvenes estaban encantados: la sonoridad disco había empezado, en la primera mitad de la década con piezas como Fly Robin, Fly Filadelfia´s Sound, o las creaciones de Van McCoy.

Pero en el último tercio de los setenta, mencionar a estrellas como Gloria Gaynor, KC and the Sunshine Band, o Barry White era hablar de música disco. El asunto interesó hasta a los más pequeños, cuando a alguien se le ocurrió darle el ritmo de moda a la banda sonora de Star WarsLa Guerra de las Galaxias, la película de George Lucas que marcó a generaciones enteras. Como en cascada, llegaron los grandes hits de la época, cambiando reglas y bajando clásicos del pedestal: sonó en la radio la versión disco de la quinta sinfonía de Beethoven, audacia de Waldo de los Ríos; Boys Town Gang se atrevieron con la nueva versión de Can´t take off my eyes of you y la dulce samba sesentera se aceleró con Disco Samba; a la vuelta de unos pocos años, Hooked on Classics (Atrapado en los clásicos), dio para dos o tres volúmenes, y nadie se escandalizó.

Nacieron las discotheques mexicanas, réplicas de los espacios estadunidenses y europeos donde las noches eran largas y la música intensa. Al principio, las discos mexicanas copiaron descaradamente los nombres de sus similares de otros países, y se llamaron Krazy Horse o Studio 54, después aparecieron Disco O’ o Valentino’s o Marrakesh. Se bailaba hasta la madrugada con Village People y su YMCA, que en la radio simplificaban como “el tema de la Way” o con Macho Man; Donna Summer encantaba con su McArthur Park o On the Radio, entre luces de colores y esferas giratorias que reflejaban el brillo de las lentejuelas. Así se movían los jóvenes mexicanos hacia el fin de la década.

Entonces, el estreno de la película Fiebre de Sábado por la noche provocó que los bonos de la cultura disco subieran como la espuma: jóvenes de todo el mundo imitaban los pasos y la vestimenta de un joven de 24 años, John Travolta, que encarnaba al Tony Manero de la película.

En México, se hicieron filas larguísimas para ver el filme, que se estrenó el 13 de julio de 1978. Entonces, la música disco entró al terreno de la moda con lo que se llamó “el poliéster look”, con zapatos formales pero con plataforma discreta y corte italiano; los zapatotes anchos se quedaron en el closet, y para ir a bailar, los varones usaban trajes de tres piezas y camisas de corte formal pero con estampados apenas un poco menos discretos que los pop de principios de la década. La gran marca zapatera de México, Calzado Canadá, se puso en onda, con su línea “Fiebre”, con modelos igualitos a los del joven Travolta.

Un poco antes, había inventado su línea “Punk”, que nada tenía que ver con el movimiento punk y que tenía zapatos con curiosas ranuras en las suelas.

El traje blanco con camisa negra que usaba Travolta en la película se volvió un producto de alta demanda, que se vendía lo mismo en el Palacio de Hierro y Liverpool que en Milano, en su versión más modesta. Las mujeres volvieron a usar vestido y zapatos de tacón alto para ir a la disco, y, para bailar, las parejas volvieron a tomarse de las manos.

Cientos de muchachos y muchachas, y los mexicanos no fueron la excepción, aprendieron con precisión todos y cada uno de los pasos que vieron en la película y el disco con la banda sonora fue solicitadísimo. Las canciones que interpretaba el grupo inglés The Bee Gees se volvieron éxitos mundiales, y en las discos bailar Stayin’alive fue un indispensable.

La televisión aprovechó el momento: sábados, 8 de la noche, canal 2. Se transmitía Fiebre del 2, conducido por Fito Girón y Chela Braniff. Dos horotas de música disco y concurso de baile dejaban a la audiencia con nuevo repertorio de pasos de baile y ardiendo en ganas de correr a la disco.

La generación inmediatamente anterior a los clientes de las discos, observaban con una ceja levantada: veían a la nueva moda musical como un fenómeno hueco, sin conciencia social, pasajero y sin futuro. A ratos parecía que sí. Con el nuevo aire que agarró el musical Vaselina, protagonizado en cine por Travolta y por la cantante Olivia Newton-John, no quedaba claro a dónde iría la cultura disco, que en México tuvo especial auge en 1979, cuando el locutor Mario Vargas se hizo famoso por su grito “¡Fuego en la pista!”, que era el banderazo para los concursantes que asistían al programa de televisión.

Lo que son las cosas, hoy día, Saturday Night Fever es un clásico de la cultura occidental; los habitantes del siglo XXI descubrieron que John Travolta sí era actor y, tantos años después, aún hay quien repite, “gracias a Dios que es viernes”.

DE CÓMO NOS CONVERTIMOS EN TODA UNA POTENCIA TELENOVELERA. 

La sorpresa y la incomodidad invadieron a los televidentes que, en una noche de 1979, arranca, en horario estelar para las familias mexicanas, es decir, las 9 de la noche, esperan el estreno de la nueva telenovela, con una de las actrices de moda, Lucía Méndez. Se trata de Colorina, de la que muchos no se han enterado a detalle, sino que es la versión nacional de una historia realizada un par de años antes por la televisión chilena. Saben, en cambio, que participan dos de los galanes jóvenes del momento, José Alonso, y Enrique Álvarez Félix.

En algunos hogares, el sentimiento de novedad se transforma en auténtico escándalo: la historia arranca con un joven adinerado (Alonso) que invita a pasar la noche, en su casa, a dos prostitutas (Lucía Méndez y Julissa) que ha conocido en un cabaret. El sujeto pretende, además de pasar un rato agradable, hacer rabiar a su madre.

Las dos mujeres, de pantalones brillantes y entubados, maquillaje acentuado chicles en la boca y prendas con lentejuelas, responden a los estereotipos que en los años recientes muchos han visto en la pantalla grande, en el llamado “cine de ficheras”. Pero una cosa es ir al cine, donde la clasificación para filmes de ese tipo es contundente: “Sólo adultos”, y otra muy distinta era encontrarse con ese pedacito de la vida real en la mismísima sala de su casa.

La audiencia mexicana estaba acostumbrada a que sus telenovelas, a esas alturas de la década, empezaran a abordar algunos de los grandes temas de la discusión pública: en los setenta tempranos hubo telenovelas “didácticas”, con las que Telesistema Mexicano, convertido en Televisa, puso su “granito de arena” para animar a muchos adultos a concluir sus estudios de primaria o a aprender a leer y escribir.

En otra producción, se abordó el complicado tema de la planificación familiar, para explicar a las familias que vivirían mucho mejor —o menos peor— si tenían pocos hijos. La nueva historia resultaba un experimento audaz para la televisión mexicana. Quizá demasiado para el gusto de algunos.

Un año antes que Colorina, los públicos telenoveleros habían vivido con Lucía Méndez, encarnando a Viviana, el drama de ser víctima de la bigamia y la infidelidad conyugal. Encontrarse a bocajarro con la misma actriz, haciendo el papel de una mujer “de la vida galante” —faltaba un rato para que se empezara a hablar de sexoservidoras— dio de qué hablar y mucho.

En particular en una casa, la de doña Cuquita Pacheco, madre del presidente José López Portillo. La buena señora se queja con su hijo, y él, naturalmente, interviene. Se sabe que de Palacio Nacional llega la orden de suspender la telenovela, porque “agrede la moral de la familia mexicana”.

En Televisa piensan cómo no tirar a la basura el trabajo ya hecho. Además, la polémica le ha dado algún rating a Colorina. Se arriesgan, y cambian la telenovela de canal y de horario: Canal 4, 11 y media de la noche, y esperan, esperan a ver qué ocurre.

Y ocurre que Colorina gusta muchísimo más: el rating sube de manera impresionante. Con la conciencia tranquila y “sin riesgo” de que los más chicos de la casa adviertan cuál es el trabajo de la joven protagonista, los mayores pueden disfrutar el drama de la pobre mujer, utilizada para que la malvada madre de los galanes tenga el nieto que tanto anhela, aunque sea el hijo de una prostituta.

Con esa abrumadora popularidad, Televisa negocia: suavizada, moralizada, Colorina regresa al horario y al canal estelar. Todo tiene remedio, dándole a la protagonista la posibilidad de la redención, poniéndole a la mano una máquina de coser —en esos meses se venden máquinas de coser a montones— la humilde prostituta se convierte en una competente modista, y luego, con el apoyo de su hijo, de otros dos que adopta en su escape de la malvada familia origen de sus desdichas, y de amigos leales, se convierte en empresaria, ama y señora de una elegante boutique. Vamos, que la historia se empieza a parecer un poco a Simplemente María, con esa protagonista que asciende socialmente gracias a su esfuerzo y al trabajo honrado.

Convertida Colorina en una señora respetable, los guionistas la ayudan a conseguir el amor que la vida le ha escatimado tanto tiempo: sí, con el padre de su hijo, mientras la perversa suegra, que ha envejecido, pero sigue siendo igual de mala, se hace cruces tratando de averiguar cuál de los tres muchachotes, todos hombres de bien, es su nieto.

A medida que avanza la historia, medio México también se pregunta: ¿Quién es el hijo de la Colorina? Tienen para escoger a tres galanes jovencitos, nuevos valores de la industria de la telenovela: Guillermo Capetillo, José Elías Moreno y Juan Antonio Edwards. Crece la expectación. Felices, en Televisa aprovechan la oportunidad: crean un concurso para que los televidentes intenten adivinar quién es el hijo de la Colorina. La historia termina con un éxito rotundo, porque en el fondo, esas historias tradicionales, donde el bien triunfa sobre el mal, le encantan a los mexicanos.

Pero aún faltaba la cereza del pastel.

…Y LA TELENOVELA SE VOLVIÓ PRODUCTO DE EXPORTACIÓN. 

Esas historias clásicas eran, son, éxitos seguros. Y eso fue lo que ocurrió con Los ricos también lloran, que, lanzada en 1979, convirtió a México en una potencia de la industria de los melodramas televisados. Con una pareja formada por Verónica Castro y Rogelio Guerra, la historia original de la escritora cubana Inés Ródena enloqueció a todo México desde el principio. Tan solo el primer capítulo tuvo ¡46 puntos de rating! cifra solamente registrada en las finales de los campeonatos de futbol.

Cuando se dice “clásico”, es que se trató de un verdadero clásico: actuaba y dirigía, nada menos, que el antiguo Gutierritos, Rafael Banquells, que tantos éxitos se había anotado en la historia de las telenovelas mexicanas. Actores muy sólidos como Alicia La Pipa Rodríguez y Augusto Benedico, aportaban respaldo, y Rogelio Guerra hacía un papel muy convincente de niño bien. Verónica Castro asume el rol de muchacha de condición no pobre, sino miserable, que atraviesa mil complicaciones para cambiar de clase social y conseguir el amor eterno.

Así de sencilla, así de convencional era la historia, con su correspondiente cuota de particularidades narrativas. Y así encantó en el mundo entero: Los ricos también lloran fue comprada en todo el mundo. Los televidentes de España, de Francia, de Italia, de Suiza y de Suecia, ven a Castro y a Guerra luchando por la felicidad. ¡Hasta la Unión Soviética y en China se vuelven clientes de Televisa! Y así, todo mundo está contento. El final feliz llega por partida doble, y, durante años, México sería el productor de telenovelas más importante de todo el mundo.