Cuando dos títulos universitarios no consiguen un techo donde dormir

15 noviembre 2017

El silicio de la furia. Muchas de las personas sin hogar en California tienen uno o varios empleos. Sólo no pueden pagar una renta. Los alquileres promedio en Los Ángeles han aumentado 32% desde el 2000, mientras que el ingreso promedio de las personas que alquilan ha caído 3% cuando se ajustan por inflación.

León A Martínez | El estado de California, en Estados Unidos, tuvo un Producto Interno Bruto (PIB) de 2.4 billones de dólares en el 2015. De ser un país, se situaría en la posición número seis de las economías nacionales más importantes. Cifras del empleo del 2016 indican que California, con una población de 39 millones de personas, totalizó 18.2 millones de personas ocupadas, que pone al estado en una situación muy cercana al pleno empleo. En el periodo que va del 2007 al 2016, la población se incrementó 9.5%, y las proyecciones de economistas de la Anderson School of Management de la Universidad de California indican que esta tendencia se mantendrá. En el 2016, en California residieron 118,142 personas sin hogar, la mayor cantidad para una entidad en Estados Unidos.

Estados Unidos en el 2016 registró 549,928 personas sin techo. La cantidad de personas sin hogar en California representa 22% del total. Sólo el estado de Nueva York se le acerca, con 16% o 86,352 personas, según consta en un estudio elaborado por el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de Estados Unidos.

¿Quiere decir esto, de acuerdo con un prejuicio muy difundido, que quienes viven sin un techo se ven afectados por la pobreza extrema, adicciones o enfermedades mentales?

No. Muchas de las personas sin hogar en California tienen uno o varios empleos. Sólo no pueden pagar una renta. Los alquileres promedio en el condado de Los Ángeles han aumentado 32% desde el 2000, mientras que el ingreso promedio de las personas que alquilan ha caído 3% cuando se ajustan por inflación, de acuerdo con la California Housing Partnership.

En su último informe, la Autoridad de Servicios a los Desamparados de Los Ángeles (LAHSA, por su sigla en ingles) dijo que hubo 57,794 personas sin hogar en el condado durante su encuesta realizada en enero del 2017, en comparación con 46,874 en 2016, lo que significó un incremento de 23% para el condado de Los Ángeles.

El alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, ha declarado que los altos precios de las rentas y el alto costo de vida de la ciudad eran en parte culpables. “No podemos permitir que los alquileres se dupliquen cada año”, dijo el alcalde en una conferencia de prensa en la que la LAHSA presentó su informe. Cifras de la California Housing Partnership apuntalan la preocupación del alcalde angelino: la población con ingresos más bajos gasta 70% de sus ingresos en renta, dejando muy poco para alimentos y otras necesidades.

Dormir en el auto con dos títulos universitarios

Para quienes no pueden gastar 70% de sus ingresos en rentar un techo, la opción es vivir en sus autos, estacionados en las medianías de sus centros de trabajo.

Un artículo de la ABC News presenta el caso de Ellen Tara James-Penney, profesora de 54 años que da clases de inglés en la Universidad Estatal de San José. La profesora percibe 28,000 dólares al año, mientras que aún debe pagar créditos estudiantiles con los que obtuvo dos títulos universitarios. Su deuda asciende a 143,000 dólares. Ellen Tara James-Penney vive en su auto, estacionado frente a la iglesia Grace Baptist Church, en la que también come. Una ordenanza de la ciudad de San José, capital del condado de Santa Clara, permite que los lugares de reunión, incluidos gimnasios e iglesias, protejan a las personas sin hogar durante todo el año. Para vivir en San José es necesario un ingreso anual de 87,000 dólares, según un estudio del sitio web de finanzas personales GoBankingRates.

El condado de Santa Clara alberga las sedes de algunas de la mayores empresas tecnológicas del mundo. En Mountain View, una de las mayores ciudades del Silicon Valley, se encuentran las oficinas de Google, Microsoft y LinkedIn, por mencionar algunas. En esta ciudad, la renta promedio supera los 3,000 dólares. Tes Saldaña cocina y sirve comida en dos hoteles en las cercanías de Palo Alto. Vive en una casa rodante estacionada en una calle de Mountain View con sus dos hijos. Ambos chicos, con edades alrededor de los 20 años, trabajan en una panadería. Entre los tres, pagan 700 dólares al mes por la renta del remolque. No les es costeable el pago de una renta en una ciudad en la que residen millonarios que amasaron fortuna con las empresas tecnológicas. Trabajadores del sector servicios, rentar en las afueras de la ciudad, donde apenas podrían cubrir una renta, implicaría quedar a horas de sus lugares de trabajo. Su opción es engrosar las cifras de las personas sin techo, pero que tienen empleos.

“Es una elección triste. Tengo que decidir si estoy sin hogar o sin un centavo”, reflexiona Albert Brown III, agente de seguridad de 46 años. Con un salario de 16 dólares por hora, paga la mitad de una renta de 3,400 dólares en un departamento que queda a 13 kilómetros de su trabajo. El salario que percibe está por encima del salario mínimo federal, que es 7.25 dólares por hora, lo que supone que un empleado que trabaje 40 horas a la semana las 52 semanas del año ganaría 15,080 dólares anualmente. Albert Brown III gana poco más del doble del mínimo federal, pero su renta anual de 20,400 dólares se lleva dos terceras partes de su ingreso anual. Decidir entre dormir bajo las estrellas o vivir sin dinero es su dilema.

El gobernador Jerry Brown logró sacar al estado de California del déficit fiscal que amenazaba las finanzas estatales. En el 2012, a través de un referendo, logró aumentar la carga impositiva a las fortunas. Los ingresos fiscales fueron a parar a las arcas estatales y a programas sociales. California logró un crecimiento económico récord en los años subsecuentes. El auge de economía estatal también se vio impulsado por las enormes empresas tecnológicas con sede en California. Las empresas de alta tecnología subcontratan a la mayoría de trabajadores, que son mal pagados y que no reciben los beneficios básicos. “En las últimas dos décadas, la cantidad de empleos en Silicon Valley en industrias subcontratadas ha crecido tres veces más rápido que el empleo general en Silicon Valley”, se puede leer en el sitio de Silicon Valley Rising.

Silicon Valley Rising es una coalición formada por sindicatos, grupos de derechos civiles y organizaciones comunitarias unidas para abordar la desigualdad de ingresos, crear viviendas asequibles e instar a la responsabilidad empresarial entre las compañías tecnológicas. “Nadie que trabaje duro y siga las reglas debería vivir en la pobreza”, dijo Ben Field, director ejecutivo del South Bay Labor Council —organismo que representa a más de 100,000 hombres y mujeres de 101 sindicatos en Silicon Valley—, en el discurso que ofreció en el evento en que se lanzó la coalición en el 2015.

Movimientos como el Silicon Valley Rising buscan visibilizar el problema de la inequidad, que llega al punto de orillar a las personas a vivir en la precariedad. Al estigma de la pobreza, muchas personas deben sumarle el estigma de vivir sin un techo. Después de la Gran Depresión económica en Estados Unidos, muchas personas migraron a California en busca de una oportunidad para subsistir. En la novela Las uvas de la ira, John Steibeck capturó el drama de los okies, nombre con el que se designó primero a los desplazados económicos de Oklahoma, para luego extenderse a todo aquel que llegaba a California en busca de un medio de existencia. En su relato —que sigue el drama de una familia de okies que viven en su camión—, Steinbeck da cuenta del rechazo sufrido por estos refugiados económicos por parte de los “naturales” californianos.

“Y mientras que los californianos querían muchas cosas, acumulación, éxito social, entretenimiento, lujo y una curiosa seguridad bancaria, los nuevos bárbaros no tenían más que dos deseos: tierra y comida; y para ellos, los dos eran sólo uno. Y mientras que los deseos de los californianos eran nebulosos y poco definidos, los de los okies estaban al lado de las carreteras, allí quietos, visibles y codiciados: los campos fértiles con agua que se podía sacar de la tierra, los campos verdes y feraces, tierra para desmigar experimentalmente en la mano, hierba para oler, tallos de avena que mascar hasta que el dulzor penetrante llenara la garganta”. Lo anterior es un pasaje de la novela de Steinbeck, en el que se retrata una desigualdad tal que genera dos realidades radicalmente distintas de vida.

A esta actualización de la obra de Steinbeck, le vendría bien el título de El silicio de la furia.

luis.martinez@eleconomista.mx