La ira del wikicautivo y sus comprometedoras fotos ‘españolas’

14 abril 2019

Esto es ilegal, yo no me muevo!»… Fueron las primeras palabras de Julian Assange cuando vio venir hacia él a los siete policías. A duras penas le pusieron las esposas. Assange siguió profiriendo gritos, mientras se aferraba al libro de Gore Vidal que estaba leyendo en esos momentos, como si fuera su tabla de salvación. Lo sacaron a rastras de la embajada ecuatoriana.

Con la barba blanca y las greñas desaliñadas, convertido en algo así como el Conde de Montecristo al cabo de casi siete años de cautiverio, el fundador de WikiLeaks se resistía a salir del escondrijo. Nada más aparecer por las escaleras, gritó con ira: «¡Resistid a este intento de la Administración Trump! ¡Reino Unido debe resistir!». Y se metió finalmente en el furgón policial. Desde allí, a través de los cristales, alcanzó a hacer una señal con el pulgar hacia arriba, mientras guiñaba un ojo a las cámaras…

«¡Esto no es justicia, sino venganza!», proclamó Vaughan Smith, el viejo ángel de la guarda de Julian, uno de los pocos amigos que aún le quedan. Su madre, Christine Assange, prometió «luchar hasta el infierno» por él. Su íntima amiga Pamela Anderson arremetió contra Donald Trump (el «cobarde tóxico») y contra Theresa May («por urdir esta distracción de su Brexit idiota»).

El propio Assange, recuperada la compostura y con una imagen un poco más aseada, vestido de negro y con la melena cana recogida en una coleta, hizo horas después la señal de la victoria nada más comparecer ante un tribunal en Westminster. Se declaró «no culpable». Y lanzó a sus seguidores una sonrisa entre complaciente y desafiante, pese a la guillotina de la extradición a Estados Unidos que le puede caer en uno o dos años.

Un misterioso mensajero llegó en moto a la embajada ecuatoriana de Knightsbridge, a un paso de Harrods, allá por junio del 2012. Llamó a la puerta y pidió asilo político. Era Julian Assange. Llevaba un brazalete electrónico y estaba en libertad condicional, pendiente de la extradición a Suecia, donde dos mujeres le habían acusado de violación y abusos sexuales.

El presidente Rafael Correa le concedió el asilo y así empezó el largo cautiverio. El propio Assange, que llegó con 40 años y con un aire deportivo pese a su pelo blanco, no podía imaginar entonces lo que le esperaba: nada menos que 2.487 días confinado entre cuatro paredes, condenado a tomar el sol con una lámpara ultravioleta y a caminar todos los días en una cinta corredera… El tiempo es plata, y los efectos en la salud física y mental de Assange no se harían esperar.

«Vivir aquí es como estar en una nave espacial», confesaría poco después. Empezó instalándose en una habitación exterior y durmiendo en un colchón hinchable. Con el tiempo, esa habitación se convirtió en su oficina. Por las noches se instaló en otro cuarto interior con ducha. Para soltar las piernas, se movía en un monopatín por el pasillo que comunica las 10 habitaciones de la embajada. Pese a las estrecheces, al principio se sintió a sus anchas. Después vendrían las complicaciones…

“OPERACIÓN INVITADO”

Durante unos meses se llamó operación Invitado, para luego convertirse en operación Hotel. El Gobierno de Rafael Correa invirtió 4,2 millones de euros en la protección de su ilustre huésped, vigilando a las visitas y al personal de la embajada, e incluso grabando las conversaciones con su equipo legal.

Todo ese dispositivo se convirtió con el tiempo en una herramienta de espionaje contra el «intruso». «Podemos decir que desde que Lenín Moreno llegó al poder, Julian Assange ha sido el protagonista de algo parecido al Show de Truman dentro de la embajada, con una invasión constante de su privacidad», denunció Kirstinn Hrafnsson, que lleva las riendas de WikiLeaks en ausencia de Assange.

Las imágenes llegaron a manos de cuatro hombres que intentaron extorsionar a WikiLeaks, reclamando 3,5 millones de euros por la entrega de las imágenes (en las que puede verse a Assange en la intimidad de sus dos habitaciones), con información sensible incluso sobre su actividad sexual. Según denunció el propio Hrafnsson horas antes de la detención de Assange, una reunión relacionada con esa extorsión tuvo lugar en Madrid y la policía española practicó detenciones y se incautó de las imágenes. Un juez local estaría investigando el asunto.

TELENOVELA ECUATORIANA

«Lenín Moreno es el mayor traidor de Ecuador y de América Latina», denunció el ex presidente Rafael Correa, enemigo íntimo de su sucesor, que llegó al poder con las mismas siglas (Alianza País) pero que inició un rápido desmarque. Para Correa, Assange era poco menos que un Robin Hood digital. Para Moreno, deseoso de restablecer los lazos con el amigo americano, se trata poco menos que de un «miserable hacker».

Desde que se produjo el relevo presidencial en mayo del 2017, la situación pintó muy oscura para el fundador de WikiLeaks, sobre todo desde que decidió interferir en las elecciones americanas y en el procés catalán a favor del independentismo. Le restringieron las visitas, le limitaron el acceso a internet. Le pidieron que cuidara la higiene, que limpiara el baño (le llegaron a acusar de pegar mierda en las paredes) y que cuidara mejor a su gato. Empezó un tira y afloja que culminó esta semana, cuando el Gobierno de Ecuador abrió de par a en par las puertas de su embajada a la policía británica: ahí lo tienen.

La telenovela ecuatoriana alcanzó el clímax con la intervención del propio Lenín Moreno ante las cámaras, para justificar el fin de la operación Invitado: «Hoy anuncio que la conducta irrespetuosa y agresiva del señor Julian Assange, las declaraciones descorteses y amenazantes de su organización aliada en contra de Ecuador y, sobre todo, la transgresión de los convenios internacionales, han llevado la situación a un punto en el que el asilo de Assange es insostenible e inviable».

El GATO

Tras el arresto de su amo, la pregunta era inevitable: «¿Qué ha sido del famoso gato de la embajada?». El gato respondía al nombre de James y ha llegado a tener miles de seguidores en Instagram y en las redes bajo el hashtag #EmbassyCat. En una de las últimas fotos se le podía ver con una corbata roja, mirando por la emblemática ventana de la sede diplomática.

Al parecer, el gato callejero encontró «asilo» en la embajada poco después de que llegara Assange. Se hicieron íntimos y le ayudó a sentirse menos solo. En 2016 simpatizó incluso con el cineasta Michael Moore, que le rebautizó como Miauchel. El gato solía amenizar algunas veces la espera, cuando Assange salía a saludar a sus seguidores por el balcón de la embajada.

Todo hace pensar que el gato sintió también en sus garras la presión de la embajada, cuando el personal se quejó de la falta de higiene. En declaraciones a La Repubblica, y ante la pregunta inevitable (¿qué ha sido del gato?), un amigo del propio Assange aseguró que su dueño había decidido ponerle en libertad en noviembre de 2018: «Ha preferido ahorrarle el aislamiento, que estaba empezando a ser insoportable, y permitir que lleve una vida más saludable».

PAMELA Y LAS DEMÁS

Pamela Anderson fue la visitante más explosiva y asidua durante el cautiverio. Hasta tal punto que se especuló con una relación amorosa entre los dos, pese a que la actriz canadiense-americana ejerce como novia del futbolista francés Adil Ramí, que juega en el Olympique de Marsella. Aprovechando la proximidad, Pamela cruzó con frecuencia el Canal de la Mancha y subió una y otra vez las escaleras de la embajada, con tacones altos y gafas oscuras que la delataban, casi siempre con comida vegana para su «amigo cercano».

Nada más saber de su detención, Pamela reconoció en Twitter que se encuentra en estado de «shock» y dio la voz de alarma: «Julian tiene muy mal aspecto». «¿Cómo ha podido hacer esto Ecuador? ¿Cómo ha podido hacerlo el Reino Unido?», era el doble lamento de Pamela. «¿Y Estados Unidos? Este presidente tóxico… ¿Acaso necesita agitar a sus bases? Eres egoísta y cruel. Has llevado el mundo entero hacia atrás».

Pamela no estuvo sola. Lady Gaga visitó también la embajada al menos dos veces, la última ocasión en 2017. Otra asidua ha sido la diseñadora Vivienne Westwood, que llegaba hasta la embajada en bicicleta y llegó a regalar a Assange algunas de sus camisetas con mensaje. Jemima Khan, que ayudó a recaudar el dinero para la fianza, fue una de sus amigas de confianza en el Reino Unido, pero la relación se fue enrareciendo con los años.

DE CHOMSKY A FARAGE

«Julian Assange no debería comparecer nunca ante un gran jurado: en todo caso, deberían darle un medalla por su contribución a la democracia», escribió hace unos meses Noam Chomsky, que le visitó en la embajada allá por 2014, cuando era de rigor para todo intelectual de izquierdas.

Los tiempos cambian, y en 2017 Assange recibió la visita de Nigel Farage, rebautizado por su amigo Donald Trump como «Mr. Brexit». El nacionalista Farage lanzó balones fuera cuando le vieron salir de la embajada. Con el tiempo diría que visitó a Assange con el fin de entrevistarle para la emisora LBC, donde ejerce de comentarista estrella. Al fin y al cabo, tanto Assange como Farage colaboraron en tiempos con RT, la cadena de televisión rusa, considerada como la voz del Kremlin.

Farage aseguró que no ejerció de intermediario entre Trump y el fundador de WikiLeaks. Ese papel podría haber sido desempeñado por el propio director de campaña de Trump, Paul Manafort, según reveló The Guardian. El propio Manafort ha declarado que no se vio en secreto con Assange en la embajada en los años 2013, 2015 y 2016. WikiLeaks desacreditó la historia como fake news.

EL LIBRO

¿Estaba leyendo Assange a Gore Vidal a esas horas de la mañana, o tenía el libro a mano por si venían a detenerle? ¿Por qué ese empeño en mostrarnos la portada con la foto del irreverente ensayista, fallecido en 2012? ¿Y por qué precisamente ese título demoledor: Historia del Estado de Seguridad Nacional?

Assange podría haber elegido Patria e imperio, Soñando la guerra o Estados Unidos de la Amnesia, pero seguro que ya lo había leído todo de Gore Vidal. Su Historia… es en realidad una recopilación de artículos sobre el «entramado militar, industrial y de seguridad» que el propio Vidal remontaba a tiempos de Eisenhower y que se había reinventado al rebufo del 11-S.

«Vivimos en un país que da miedo: vamos a tardar 100 años en recuperar todo el mal que hemos causado», nos confiaba el propio Vidal en tiempos de George W. Bush. En tiempos de Donald Trump, su mirada amenazante en la portada del libro podría interpretarse como un desafío ante la extradición a EEUU.

«Assange tendrá que responder por todo lo que ha hecho»… Palabra de Hillary Clinton,hackeada durante su campaña presidencial de 2016 y con ganas de revancha. Trump, que convirtió a Assange en poco menos que un héroe en su campaña, se lava ahora las manos y dice: «No sé nada de WikiLeaks».

El Departamento de Justicia confirmó el jueves la petición de extradición y acusó a Assange de ser «uno de los mayores difusores de información clasificada de la historia». El fundador de WikiLeaks se enfrenta a un mínimo de cinco años de cárcel por «intrusión informática», al haber ayudado a la ex soldado Chelsea Manning (antes conocida como Bradley Manning) a pinchar los archivos de Defensa y revelar miles de documentos sobre las guerras de Irak y Afganistán. Los cargos contra Assange podrían ampliarse seguramente a la acusación de espionaje y comportar una pena de hasta 20 años de prisión. El Gobierno ecuatoriano pidió al parecer garantías de que en ningún caso se le puede aplicar la pena de muerte.

DESDE SUECIA CON RENCOR

Los fiscales suecos archivaron en agosto del 2017 el caso Assange, pero amenazan con reabrirlo ahora que está fuera de la embajada. Miss A. y Miss W., sus dos denunciantes por abusos, no ocultan su rencor y han reiterado su intención de testificar contra él cara a cara. Las dos reconocen que iniciaron relaciones «consensuadas», pero Miss A. asegura que Assange abusó de ella con violencia tras la primera vez y Miss W. afirma que fue violada mientras dormía.

Él negó desde el principio las acusaciones y alegó que el proceso en Suecia fue desde el principio una «trampa» para forzar su extradición a Estados Unidos. Los expertos legales sostienen que hay muy pocas posibilidades de que Assange comparezca en un tribunal sueco: «Los testimonios se debilitan con el tiempo y ya han pasado 10 años de todo aquello», asegura el ex fiscal Svan-Erik Alhem.

LA MADRE “CORAJE”

Christine Assange, la madre, se lo ha tomado de un modo muy personal. Primero arremetió en Twitter contra Theresa May: «Usted ha intentado desviar la atención del desayuno del perro en que se ha convertido el Brexit, animando al arresto prepotente, brutal e ilegal de ese valiente, torturado y galardonado periodista que es mi hijo Julian».

Christine ha prometido «luchar hasta el infierno» para evitar la extradición y ha arremetido de paso con toda su ira contra el presidente ecuatoriano Lenín Moreno: «Ojalá que el pueblo ecuatoriano busque la venganza sobre ti, traidor sucio, engañoso y podrido. Ojalá que el rostro de mi sufrido hijo te persiga en las noches sin sueño. Y ojalá que tu alma se quede siempre en el purgatorio de la tortura, igual que tú has torturado a mi hijo».