El año que asaltamos los cielos

5 enero 2019

Por Antonio Navalón | En 1871 Karl Heinrich Marx, en una carta dirigida a su amigo Ludwig Kugelmann, escribió la técnica para la consolidación de la Revolución, que consistió en asaltar los cielos.

A la primera hora del primer día en el que la cuarta transformación dejaba de ser un ideal y terminaba la larga marcha hacia la libertad de los “lopezobradoristas”, los cielos fueron asaltados. El asalto se llevó a través de un trampolín llamado Los Pinos, y fue entonces que el pueblo de México pudo romper todas las barreras que lo separaban de un poder que en ocasiones lo hizo grande, como cuando Lázaro Cárdenas, pero que en otras los hizo sentir indignos de ser los herederos del imperio de los Aztecas, los Mayas y de tener la capacidad de supervivencia durante los 300 años de conquista española.

Toda nueva religión y todo nuevo régimen político tienen la necesidad de quemar al Dios anterior y de expropiar la razón y el éxito histórico a los gobernantes que los precedieron antes del cambio de régimen.

El asalto a los cielos tuvo de nuevo otro impulso, de tal magnitud que sacó al pueblo de México de la estratósfera, cuando se proyectó Roma en los jardines de Los Pinos. Poco importa cuántos turistas quieran ver la expresidencia oficial, pero sí importa lo que significa como mensaje de reconciliación nacional, el ver de los centros dónde los mexicanos situamos la causa de nuestras desgracias y cómo ahora podemos pasear por sus salones e imaginarnos cómo vivían los que tenían que tomar las decisiones. Por eso creo que sólo la historia podrá juzgar cuánto de bueno y de malo tuvieron quienes fueron los antiguos inquilinos que gozaron de Los Pinos; es decir, los expresidentes.

Toda alegría humana conlleva una cara de tristeza. Solamente una persona que pudo ser presidente nació en Los Pinos, y desde momento en que fue concebido y durante toda su vida parecía que terminaría siendo, no solamente el niño que jugaba en sus jardines y paseaba acumulando sueños de grandeza, sino el ocupante de la residencia que había inaugurado su padre, el general Lázaro Cárdenas, y bautizado su madre, doña Amalia: Los Pinos. Cuauhtémoc Cárdenas nació allí. Cuauhtémoc, el hombre que pudo haber sido presidente, ve ahora cómo la casa inaugurada por sus padres es abierta al pueblo de México, y otro que no es él consigue, casi con la misma ideología que él exhibió en 1988 con el movimiento político que se creó por una fracción del PRI, lo que él no pudo lograr.

Nunca sabremos cómo se siente Cuauhtémoc Cárdenas, pero en este momento de liberación, de alegría, de reflexión, de posibilidad y de esperanza es importante saber que la gente se sienta, juega, ve y vive en el mismo ambiente que hace muchos años el primer niño que nació en Los Pinos y que parecía, si nosotros fuéramos una monarquía y no una república, estaba llamado a ser presidente.

Yo no recuerdo otros nacidos en Los Pinos, seguro los ha habido, pero sí recuerdo a Doña Amalia, mucho más al Tata y al piso que, desde el primer suspiro tuvo en la cuna el hombre que pudo y nunca fue presidente, Cuauhtémoc Cárdenas.

Dicho eso, no se puede escatimar la explosión popular que significa para la gente tocar lo prohibido. En cierto sentido, esto se parece al árbol de la manzana de Adán y Eva. En los países democráticos, cómo sin duda lo es México, se puede ir a todas partes menos al árbol donde habitan los que mandan. López Obrador le devolvió al pueblo ese árbol, el sitio del que teóricamente siempre fueron dueños y donde algún día tomó tequila Enrique Peña Nieto, se bañó José López Portillo y gritó o aulló Vicente Fox. Y ahora en la noche cuando nadie lo ve, López Obrador se abraza a una ceiba.

El asalto a los cielos que hemos hecho este año tiene, sobre todas las cosas, el peso de los símbolos. Sabido es que, sí carácter es destino, la historia del mundo son símbolos. Hemos vivido toda la vida a caballo de Moctezuma, de Cortés y de los respectivos símbolos que fuimos heredando con el paso de los años.

Los primeros cien años de la independencia de México fueron haber echado a los españoles, para después dedicarnos a hacer españoladas, entre ellas, haber querido tener un emperador como Agustín de Iturbide. También, durante esos cien años, los cielos estuvieron habitados por figuras como el mismo Iturbide y por personajes históricos de México como lo fue, pese a todo, Antonio López de Santa Anna, pero sobre todo por Benito Juárez.

En ese sentido, el periodo de La Reforma marcó el primer hito del cambio en la historia de México. No hay que olvidar que todas las barbaridades que cometieron los conquistadores en este país lo hicieron en nombre de su Dios y de su religión. No obstante, las leyes de reforma se dieron en consonancia con lo que a su vez sucedía en España con la desamortización de Mendizábal, siendo estas leyes las que supusieron, por primera vez, el origen de la civilización del Estado mexicano.

No fue hasta 1914-1915, en pleno auge de la Primera Guerra Mundial, que nació México. Y es que 1910 es sólo una plasmación estética de una necesidad del pueblo de México de ser diferente, una etapa de adolescencia en la que no bastaba con aceptar que lo que había no era suficiente, sino que además se necesitaba saber qué es lo que se quería para poder progresar. Y fue hasta entonces que nació México porque era la primera vez que los indígenas y los hambrientos tenían los mismos derechos que los mestizos, los españoles y aquellos ibéricos emboscados que han conseguido hacerse pasar por mexicanos.

La independencia fue una revolución. ¿Y luego? Luego vino algo increíble, logramos un país que gracias a nuestros singulares pensadores conseguimos hacer un cambio histórico, sustituyendo las balas por los libros. También somos un país donde la fuerza del amor hace que se precipite al vacío la hija del autor del Ángel de la Independencia, por algo tan elemental y peligroso como fue amar a José Vasconcelos.

Hemos sido un país con mucha personalidad, pero nos faltaba algo. Nos faltaba integrar a los indígenas en estos más de 200 años de independencia. Ahora, el artífice del asalto a los cielos, que es Andrés Manuel López Obrador, hace una política en la que da la impresión de que es más importante el permiso de la Tierra a través de los chamanes Mayas, que un estudio de impacto medio ambiental para la construcción del Tren Maya.

Si usted lo piensa bien, los seres humanos no somos el producto de nuestras realidades, sino que vivimos del combustible de nuestros sueños. Por eso hay que reconocerle a este tiempo que estamos viviendo, con independencia de cómo acabe, la virtualidad que está teniendo simbólicamente de ser un asalto de los cielos.

Ojalá no todo termine en una caída libre hacia el vacío. Pero, en cualquier caso, esto habrá sido una hermosa experiencia y un éxito, porque la vivencia per se ya vale la pena, aunque habrá que mostrar cual es la verdadera aportación que toda esta situación le ofrece al futuro del pueblo de México. Mientras tanto, hay que reconocer que existen muchas maneras de ver el primer presupuesto de la cuarta transformación. Yo prefiero verlo sobre la base, no de una incapacidad de vivir con la realidad de los números, sino con la aceptación de que, si no se cambia y se establecen unos cimientos sociales sólidos, será imposible seguir construyendo el México del futuro.

El México del presente es uno en el que uno puede ver una película, que es la mejor explicación de por qué López Obrador está donde está, –como es Roma– sobre el césped de Los Pinos, mirando a las estrellas y pensado que, en ese mismo césped, algún día Lázaro Cárdenas o cualquiera de los presidentes mexicanos de los últimos tiempos no vieron filme alguno, sino que se imaginaron la película del desarrollo de México. Roma es una película que habla del tiempo perdido de los mexicanos, y verla desde Los Pinos significa el tiempo hallado para tener la oportunidad de ser otro país.

Pero siempre hay un despertar. Por eso, cuando Roma enseña los charcos de Chalco entiendes por qué ganó López Obrador. En Roma se ve cómo tiramos todo por la borda, desde los años setenta. También refleja cómo el IMSS sigue oliendo igual y cómo los sismos se mueven de la misma manera, siempre sobre los más desfavorecidos, y cómo el machismo imperturbable de esta sociedad aplasta, no solamente a la raza, sino también a todas las madres.

Vaya pues por delante para los creyentes, que esta noche esperan celebrar el nacimiento de el Salvador, que nada me gustará más que escribir dentro de seis años que se consolidó el asalto a los cielos.

De momento es un deber social marcar dónde estamos y cómo estamos, y eso es en el inicio del cumplimiento de los sueños, rezando que no termine todo en pesadilla.