El éxito de un fracaso

13 octubre 2019

Por Lorenzo Meyer | El final del fracaso del priismo no fue dramático sino ridículo: la fotografía de su último presidente —Enrique Peña Nieto— en Nueva York, ataviado de hippie para poder cenar en paz en un restaurante japonés.

Un poeta —Ángel González del “medio siglo” español— se definió a sí mismo como “el éxito de todos [sus] fracasos”. Pues bien, al sistema político priista que se gestó hace más de un siglo —al triunfo del carrancismo— y que ya llegó a su fin, también se le puede interpretar desde ese contradictorio ángulo poético. Y es que, lo que hoy se vive en materia política en México —el inicio de un nuevo sistema— es realmente un éxito de la sociedad mexicana que se incubó al calor de la acumulación de fracasos del largo ciclo priista. Fue el hartazgo ciudadano con el cúmulo de promesas rotas y abusos lo que llevó a que México obligara a su clase política a celebrar elecciones creíbles que, a su vez, pusieron fin a ese ciclo. Las elecciones de 2018 con alternativas reales —PRI, PAN y Morena— aceleraron cambios largamente resistidos: modificar las prioridades del gobierno, empezar a separar al poder económico del político, iniciar la limpia de las cloacas de la corrupción pública, etcétera.

La evolución política que está experimentando México puede o no considerarse un inicio de nuevo régimen, pero es un cambio que no puede entenderse sin, primero, las propuestas históricas del PNR-PRM-PRI y, segundo, sin sus sistemáticos fracasos —en gran medida producto de su corrupción— y que desembocaron en una presión efectiva por el cambio.

Quienes dieron forma al PNR-PRM-PRI entre 1929 y 1946, formaban parte de la fuerza política revolucionaria que se dijo inspirada por Francisco I. Madero para hacer realidad la democracia política, (“sufragio efectivo”). Sin embargo, como grupo que llegó al poder por las armas y que destruyó cualquier posibilidad real de competencia —ya fuese la antigua oligarquía o las corrientes radicales de la Revolución—, institucionalizó un monopolio del poder. El sufragio significó una cadena de elecciones fraudulentas o sin contenido por ausencia de oposición real.

La derrota del villismo y del zapatismo, primero, y luego la necesidad de responder a la propuesta que significó la revolución bolchevique en la izquierda y el movimiento cristero en la derecha, llevó a que los triunfadores de la Revolución elaboraran un discurso progresista al que, por un momento, el cardenismo dio contenido con la reforma agraria, la expropiación petrolera y el apoyo a los sindicatos. Sin embargo, a partir de la política de “unidad nacional” durante la II Guerra Mundial, pero sobre todo del gobierno de Miguel Alemán y la Guerra Fría, el PRI —transformado ya en un partido de masas y de Estado— se fue a la derecha y usó a las organizaciones del cardenismo para controlar a las clases populares e imponerles las prioridades de una nueva oligarquía, aunque siempre a nombre de “La Revolución”.

Para mantener el control priista frente a las demandas de pluralismo político de una sociedad cada vez más urbana, comunicada y educada pero polarizada, se llegó a la brutalidad del 68 y de la “guerra sucia” de los 1970.

El “milagro económico mexicano” del medio siglo terminó con la crisis de 1982, a la que siguió el gran fraude electoral de 1988, la adopción de un nuevo proyecto de desarrollo —el neoliberal— resumido en el “consenso de Washington” y anclado en la firma de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, que unió y subordinó a la economía mexicana a la de su poderoso vecino, subordinación que no devolvió vigor al crecimiento del PIB. El complemento político de ese viraje fue un entendimiento con el PAN para neutralizar una escisión en el PRI en 1986 y que desembocó en una efectiva oposición de izquierda neocardenista.

El resquebrajamiento del sistema priista llevó, entre otras cosas, a la pérdida del control tradicional del gobierno sobre el crimen organizado y a una explosión de violencia que sigue afectando profundamente a la sociedad mexicana.

En suma, del fracaso del proyecto priista germinó un éxito: el desmantelamiento del sistema autoritario más longevo de América Latina y la oportunidad de dar forma a otro, a tono con las metas originales de las revoluciones mexicanas y con las sociales y políticas de nuestro siglo XXI.

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