El Presidente nos lleva a la confrontación

28 octubre 2019
Pablo Hiriart | Todavía no cumplen un año en el poder y ya el país entró en zona de descomposición económica, social y política.

No sirven para hacer crecer la economía, ni para brindar mayor seguridad a los ciudadanos, ni para educar mejor a los sectores populares y así disminuir la desigualdad, ni tampoco sirven para unir a la sociedad.

Lo que sigue a la ineptitud y la soberbia es peor: polarización, que quiere decir confrontación.

El gobierno, consciente o inconscientemente, nos lleva a chocar entre mexicanos.

López Obrador sigue insultando a los “conservadores”, “fifís” y “racistas” de que las cosas no le salgan, y de todo culpa a gobiernos anteriores por la crisis en que él nos está metiendo.

De ninguna manera corrige. Culpa a otros y avanza hacia el pantano con México a cuestas.

Es peligroso lo que hace, pues también en política aplica la tercera ley de Newton: a cada acción corresponde una reacción, de igual intensidad y en sentido contrario.

López Obrador da muestras ostentosas de su desdén al Estado de derecho.

Culpa al Estado de derecho de sus tropiezos: en el caso concreto de Santa Lucía, habló de “sabotaje legal”. ¿Qué será eso?

Su enemistad con la ley traerá consecuencias en la población y en la economía: menos inversión y nulo crecimiento.

Ante la ausencia de estrategia que proteja a ciudadanos y su patrimonio, habrá réplicas. Ya lo vemos en Michoacán, donde los aguacateros toman las armas para defender sus cargamentos (reportaje de AP).

El Presidente se pone del lado de los sicarios del narcotráfico cuando se entera de un operativo contra ellos. Lo que hace no es indiferente en Estados Unidos ni es inocuo para el tejido social mexicano.

Permite que bandas de maleantes humillen al Ejército, que es el último bastión de la seguridad en el país. Cuidado, sus integrantes tienen sentido del honor. No pocos comenzarán a hartarse de que los culpen de operativos fallidos.

Sostiene en el cargo a los responsables del fracaso en Culiacán: los mismos que nos regalan el año con más delitos en un siglo. ¿Qué hacemos ante la ineptitud en ese terreno? ¿Nos cuidamos los civiles al margen de las autoridades?

Los enemigos que López Obrador construye para justificar su falta de resultados y alentar a los suyos, pueden llegar a ser sus adversarios de verdad y tienen recursos y agravios que cobrarse con el gobierno que los hostiliza.

A los normalistas los deja que tomen las vías del ferrocarril que une al puerto de Lázaro Cárdenas con Morelia, donde se cargan productos de exportación del industrioso centro del país. Millones y millones de pérdidas. ¿Se van a quedar eternamente de brazos cruzados los perjudicados?

Grupos de inconformes ven fácil cerrar los principales accesos a la Ciudad de México y en 22 ciudades del país, como hicieron el jueves. A unos encapuchados se les ocurrió bloquear Insurgentes en solidaridad con Chile y Ecuador. No pasa nada con ellos. Vendrán otros con apetitos más grandes e intenciones más perversas.

Se ordena cárcel a la enemiga personal del Presidente, Rosario Robles, antes de que empiece el juicio contra ella, valiéndose de un juez amigo y de una licencia de conducir. A nadie escapan arbitrariedades de ese tipo, pues cualquiera puede ser víctima de autoridades venales.

A los delincuentes apresados en el Centro Histórico, en cambio, ese mismo juez los suelta.

Justicia parcial, manipulada e ideológicamente selectiva, a la vista de todos.

Para los aborrecidos del Presidente no hay presunción de inocencia, y a sus colaboradores se les exonera antes de iniciar una investigación. Ojo con esa inequidad: los aborrecidos son muchos, perciben el peligro y no están mancos.

El desprecio por el Estado de derecho que exhibe López Obrador para favorecer delincuentes y castigar a sus adversarios no pasa desapercibido ni transcurre sin dejar huella.

Vemos en redes sociales un odio en ambos sentidos que se va a trasladar al resto de la sociedad. Puede llegar a las calles.

Nada nuevo en América Latina: el populismo polariza políticamente, divide a la sociedad, destruye el Estado de derecho y hace pedazos la economía de los países.

En ese túnel entra México y se dirige hacia indeseables escenarios de colisión.

Tenemos en puerta una debacle económica. El Presidente no tiene a quién echarle la culpa porque todo ha sido responsabilidad suya.

Pero calienta el terreno para señalar a los “conservadores”, “empresarios con ligas partidistas”, a la prensa que exhibe sus errores y a “fifís” en general, en lugar de corregir con rapidez lo que ha hecho mal.

Su obsesión por dividir a la población y actuar en consecuencia, nos lleva al choque y a la división irreconciliable entre mexicanos.