El río Bravo se está secando

8 junio 2018

The New York Times | LEMITAR, Nuevo México — Mario Rosales, quien cultiva 148 hectáreas a la orilla del río Bravo, sabe que este se encuentra en malas condiciones este año. En algunas partes ya se ha secado hasta convertirse en una polvosa franja de arena, mientras que prácticamente toda el agua que logra fluir hasta esta zona de Nuevo México se desvía para regar los sembradíos, entre ellos los campos propiedad de Rosales, donde cultiva trigo, avena, chiles o ajíes y alfalfa.

Debido a que la acumulación de nieve en las montañas durante el último invierno fue la segunda más baja registrada, incluso esa agua de riego podría acabarse para finales de julio, tres meses antes de lo usual. Sin embargo, Rosales no está preocupado.

Está seguro de que las tormentas veraniegas llegarán. “Tarde o temprano tendremos agua”, dijo.

Sin embargo, las lluvias de monzón con las que Rosales cuenta tienen fama de ser impredecibles. Así que puede que él y muchos de los otros agricultores que trabajan las 25.000 hectáreas a lo largo de los 225 kilómetros del río Bravo que corren por la región central de Nuevo México no logren arreglárselas.

“Nadie tiene mucha agua”, dijo David Gensler, el hidrólogo del Middle Rio Grande Conservacy District, cuyo trabajo consiste en gestionar el agua del río que llega a Rosales y a otros a través de presas y canales. “Si la usamos al principio de la temporada y luego no obtenemos más agua, todo va a arruinarse”.

Pase lo que pase durante esta primavera y verano, la perspectiva a largo plazo para el río está ensombrecida por el cambio climático.

El Bravo es un río de “demasiado o casi nada”: a cada uno o dos años secos normalmente les siguen un par de años de lluvias que permiten que se recupere. Si las temperaturas cada vez más altas provocadas por las emisiones de gases de efecto invernadero hacen que los años de lluvias traigan menos agua y que los años secos lo sean aun más, como pronostican los científicos, la recuperación de un año al otro será más difícil.

“El efecto del calentamiento a largo plazo es que hace más difícil poder contar con una escorrentía de deshielo en las temporadas de lluvia”, dijo David S. Gutzler, un climatólogo de la Universidad de Nuevo México. “También provoca que las temporadas secas sean mucho más duras de lo que eran antes”.

La escorrentía primaveral apenas suma un sexto del promedio y más del 90 por ciento de Nuevo México tiene niveles de sequía que van de graves a excepcionales, por lo que las condiciones en esta zona fronteriza son extremas. Incluso en los años con más lluvia ciertas extensiones del lecho del río llegan a secarse, porque se desvía el agua para los agricultores, pero este año empezó a secarse un par de meses antes de lo usual.

Sin embargo, el estado del río Bravo refleja una tendencia más amplia en el oeste estadounidense, donde las temperaturas más altas están reduciendo la acumulación de nieve y las corrientes fluviales.

Un estudio del año pasado del río Colorado, que proporciona agua a 40 millones de personas y es mucho más grande que el Bravo, reveló que las corrientes de los años 2000 a 2014 estuvieron casi un veinte por ciento por debajo del promedio del siglo XX, con casi un tercio de la reducción atribuible al calentamiento provocado por los humanos. El estudio sugirió que, si el cambio climático continúa sin disminuir, el calentamiento inducido por los humanos podría llegar a reducir el flujo del Colorado por lo menos un tercio más durante este siglo.

“Estoy más preocupado por 2019 que por 2018”, dijo Gensler, el hidrólogo. “Existe la posibilidad de que vayamos a drenar hasta la última gota este año y lleguemos al próximo sin nada”.

Una vista hacia el río Bravo desde Socorro, Nuevo México CreditJosh Haner/The New York Times

Las temperaturas en el suroeste aumentaron casi un centígrado de 1901 a 2010, y algunos modelos climáticos pronostican un aumento total de tres o más grados para finales de este siglo. Como en cualquier otro lugar del oeste, las temperaturas más altas durante el invierno significan que habrá más precipitación en forma de lluvia que de nieve en las montañas San Juan y Sangre de Cristo, que alimentan al río Bravo.

Gutzler dijo que las temperaturas primaverales también tienen un impacto, pues el aire más cálido provoca que más nieve se convierta en vapor y básicamente desaparezca. Una temporada de cultivo más larga y calurosa también tiene un efecto, pues las plantas absorben más agua, lo que reduce aún más las corrientes fluviales.

Una presa que da servicio a los agricultores en el sur de Nuevo México y Texas se encuentra en una sección del río que forma la frontera con México, y desemboca en el golfo de México; la mayor parte de su agua depende así de un afluente mexicano.

Conforme el río se seca, cuadrillas del Servicio de Pesca y Vida Silvestre estadounidense entran en acción y se ponen a trabajar para rescatar al piscardo plateado, una especie en peligro de extinción protegida en Estados Unidos que antes se reproducía a todo lo largo del río, pero ahora se encuentra solo en las zonas más altas.

Algunas víctimas de la sequía en el río CreditJosh Haner/The New York Times

Normalmente las cuadrillas comenzarían este trabajo en junio, dijo Thomas P. Archdeacon, un biólogo del Servicio de Pesca y Vida Silvestre que dirige el operativo del rescate del piscardo. Este año, dijo, hicieron su primer rescate el 2 de abril y se han ido desplazando hacia el norte conforme tramos del río se han ido secando.

El río Bravo aún corre entre sauces, olivos rusos y otras plantas que crecen a lo largo de su orilla, y junto con las tierras de cultivo irrigadas por él forma un oasis largo y estrecho en medio de un paisaje más bien árido y sin vegetación.

Sin embargo, ahora gran parte del mismo lecho del río está seco.

En el norte de Albuquerque, Nuevo México, Derrick Lente cultiva sesenta hectáreas, algunas de ellas dedicadas al pasto para las vacas que cría. Según las normas sobre uso del agua, los agricultores de los pueblos indígenas como el de Lente, quien vive en Sandía, deberían estar entre los últimos en quedarse sin agua.

Sus ancestros se han dedicado al cultivo en esta región durante cientos de años, en tiempos de lluvia y también de sequía. No obstante, Lente, quien también es un legislador estatal, reconoce que vienen problemas a largo plazo. Su padre y sus tíos, que han trabajado la tierra durante más tiempo que él, han visto los cambios.

“Este es el peor estado en el que han visto al río en toda su vida”, dijo. “Los tiempos están cambiando, son más calurosos”.

“Tendremos que tomar difíciles decisiones”.

A la derecha de Derrick Lente está su parcela irrigada y, a la izquierda, la de un vecino que buscó conservar agua.CreditJosh Haner/The New York Times