La efectiva estrategia de AMLO que no tienen los otros políticos

Antonio Del Pozo García | El 12 de julio se publicó una entrevista de López Obrador con René Delgado, de Reforma, en la que repitió lo mismo que hemos escuchado varias veces: el eje rector de su propuesta de gobierno. Sin embargo, sus declaraciones no constituían, bajo ninguna circunstancia, la parte relevante de la entrevista.

Lo relevante fue el reposicionamiento de su candidatura, desmarcándose del gobierno de Venezuela, en un momento clave: se dieron después del terrible desencuentro que tuvo con José Cárdenas y Carmen Aristegui, a quienes acusó de ser parciales en su forma de hacer noticia, colocándolos en la bolsa en la que caben todos sus adversarios, la mafia del poder.

Además, aprovechó para lanzar nuevamente su teoría de la conspiración, argumentando que por efecto de los medios, en una “estrategia hitleriana”, la mentira que se repite muchas veces se convierte en verdad, y que el “manejo y la manipulación de los medios atonta”. En ese sentido, AMLO no concedió ni aceptó su error, sino que reforzó la idea de que existe un contubernio, un complot, desde los medios de comunicación para desprestigiarlo.

AMLO ha entendido como pocos que la credibilidad del emisor del mensaje es fundamental en la comunicación actual.

Al final, como es usual, volvió a marcar la agenda: se anticipó a los golpes que ha recibido sistemáticamente por sus supuestos nexos con el gobierno de Venezuela. AMLO aseguró no ser como Maduro, ni siquiera conocerlo y condenó la muerte de los hasta entonces 60 muertos por las manifestaciones en contra del régimen, insertando un mensaje demoledor: la situación de México es mucho peor que la de Venezuela porque aquí hay “50 o 60 muertos cada semana” a consecuencia de la fallida estrategia contra el crimen organizado de los sexenios de Calderón y de Peña Nieto.

¿Por qué es tan poderosa su comunicación? ¿Qué lo ha hecho tan creíble aunque diga mentiras o verdades a medias? ¿Por qué sigue teniendo tanta credibilidad entre algunos sectores, a pesar de las Evas Cadena o de los Bejaranos?

AMLO ha entendido como pocos que la credibilidad del emisor del mensaje es fundamental en la comunicación actual. Se ha desmarcado inmediatamente de escándalos de corrupción y ha evitado a toda costa ser señalado directamente como el responsable de sobornos o de tráfico de influencias. Ha construido por años un discurso en el que cada falla de él, o de su equipo, es una conspiración de la mafia del poder para sacarlo de la contienda presidencial.

¿Por qué fallan sus adversarios? Porque son políticamente correctos.

Sus mensajes son poderosos porque utiliza mejor que nadie el recurso emocional: en la eterna lucha entre el bien y el mal, él es el defensor del bien y representa a las víctimas, a los perdedores y a los marginados del poder y el privilegio. Es el único con la supuesta verdadera intención de desterrar el mayor de todos los males de nuestra sociedad y del poder político: la corrupción, la impunidad, el cinismo. Pero, sobre todo, tiene a su favor no tener que cargar a sus espaldas los errores de los gobiernos de MORENA, a diferencia del PAN y del PRI.

¿Por qué fallan sus adversarios? Porque son políticamente correctos. Porque nunca se salen de sus discursos acartonados, porque repiten incansablemente retahílas de logros que no dicen ni significan nada, porque escogen mal a sus voceros y porque siguen sin entender que han perdido toda credibilidad por el resultado de sus acciones.

Hace unos días, Ricardo Alemán publicó un artículo con los logros más destacados de la administración de Peña Nieto y, aunque probablemente todos sean ciertos, eso no importa porque carecen de toda credibilidad por los niveles de corrupción, impunidad y cinismo sin precedentes. Carecen de credibilidad por tratar a sus audiencias como gente estúpida sin ninguna capacidad de reflexión o raciocinio. Los resultados no importan, cuando se es incapaz de decir algo medianamente inteligente sobre la Casa Blanca, los 43 desaparecidos, los sobornos de Odebrecht o el socavón. Los resultados no importan, cuando se es incapaz de dar un castigo ejemplar a Javier Duarte o a Roberto Borge.

A pesar de sus errores, de su necedad y de su incongruencia, AMLO es percibido por mucha gente como un líder que se equivoca, pero que dice la verdad.

En contraste, AMLO utiliza un lenguaje sencillo, sensato e incluso burlón, con ejemplos demoledores. Es la voz del enojo y de la indignación social; su estrategia es lo políticamente incorrecto, la disidencia, la incomodidad y la estridencia. Habla de lo que nos molesta, de lo que nos llena de rabia y tiene el valor de criticar muchas de las cosas que deploramos de este y muchos gobiernos: es capaz de verbalizar el sentido común.

A pesar de sus errores, de su necedad y de su incongruencia, AMLO es percibido por mucha gente como un líder que se equivoca, pero que dice la verdad. Ese es su acierto. AMLO no representa al privilegio mexicano: es la antítesis de los mirreyes y las lobukis, de las actrices y de los presidentes, de las ladies y de los gentlemen. Representa al que no tiene nada, al despojado, al que solo le quedan sus valores, su supuesta honestidad, su coraje para luchar y, por supuesto, la esperanza.

Y eso preocupa. Preocupa porque no es un líder de izquierda ni progresista capaz de comprometerse con lo más básico que es una agenda clara de defensa de derechos humanos. Preocupa porque es cierto que hay señales de ser realmente un líder conservador y autoritario. Preocupa porque el temor de que México se convierta en la Venezuela de Chávez o, peor aún, en la de Maduro, tiene fundamentos.

Pero también preocupa que llegue otro presidente que tenga una comunicación políticamente correcta que no tenga la capacidad de gobernar, de entender, de tener sensibilidad. Preocupa que llegue otro político más que permita y casi aliente la corrupción a ultranza y que sea incapaz de comportarse a la altura de las verdaderas necesidades y retos que enfrentamos como país.