¿Será Osorio o Meade el elegido por Peña Nieto para el 2018?

19 noviembre 2017

Entramos ya a los tiempos del destape. Al menos 10 veces antes se ha repetido la escena: en la soledad de su despacho, alguien cavila sobre quién será el mejor candidato presidencial del PRI. La diferencia es que, en esta ocasión, quizá como en 1999, el presidente en turno no elegirá a su sucesor, sino sólo al candidato priista, aunque ello no quiere decir que no se defenderá la permanencia en el cargo. La carrera presidencial se librará con todas las armas posibles, lícitas o no, abiertas o cerradas, con tal de mantener la Presidencia. Imprescindible, mantener el control de las instituciones electorales.

Justo éste es el momento emocionante, cuando vemos el descarte de precandidatos. Sólo queda un par para la recta final. Es cuando las apuestas se vuelven del todo o el nada, cuando efectivamente se ven los alineamientos internos, las alianzas externas y las actuaciones para convencer al gran elector.  ¿Cuál de los dos sobrevivientes será el bueno? Pasemos a la parte de los escenarios (sin rational choice, por favor).

A partir de la primera semana de noviembre, quedó claro que el presidente Peña piensa sólo en dos precandidatos: José Antonio Meade y Miguel Ángel Osorio Chong; ninguno, estrictamente hablando, pertenece al Grupo Atlacomulco. El primero pertenece al grupo ITAM que ha dominado la escena económica desde 1982. Son los descendientes de la tecnocracia delamadridista, salinista y zedillista que pervive no sólo por edad sino por competencia técnica, y su maleabilidad partidista, que no ideológica. Por el momento, el grupo del ITAM (son varios) que está cercano a Peña es el de Videgaray, al que pertenece Meade, cuyo principal rasgo es que, si bien es culturalmente priista en ciertos aspectos, ha trabajado para panistas y no se mueve estrictamente bajo los códigos del PRI, partido en el que no milita.

Osorio Chong viene de las periferias, en cierto modo igual que Peña. Su carrera básicamente fue local. Hidalguense, priista de siempre, sabe operar bajo esos códigos. Su presencia en el gabinete responde a una alianza preelectoral de gobernadores  —Peña y Osorio fueron gobernadores más o menos al mismo tiempo—, y si no ha sido del todo efectivo, al menos lo ha intentado, o ésa es la percepción de la gente. Por alguna razón en las encuestas de conocimiento y preferencia de precandidatos en población abierta, Osorio siempre sale como puntero, por encima de Meade, Videgaray, Nuño y de Narro. Al interior del PRI, Osorio es el precandidato preferido por su obvia militancia y porque es el contrapeso al grupo Atlacomulco.

Hasta aquí no habrá discrepancia entre analistas: Meade es el candidato de la continuidad institucional en el ámbito económico (léase Zedillo) y Osorio es el de la identidad partidista. La discrepancia viene con respecto a la variable independiente a la que se adscribe el análisis y el contexto fluctuante en el que se tomará la decisión.

El presidente busca lealtad

Si partimos de la hipótesis de que el presidente busca lealtad en el candidato que sea su sucesor, la lógica diría que Peña se inclinaría por Osorio. ¿La razón? Osorio depende más de Peña que de Meade y sus costumbres priistas son previsibles: no cortan de cuajo aunque haya parricidio de por medio. Meade, por su parte, es un actor mucho más autónomo, cuyo grupo de apoyo trasciende al PRI, por lo que, de ganar la Presidencia, mantendría una sana distancia con su antecesor y su partido, al estilo Zedillo. Sobra decir que al PRI no le gustaría tener un presidente de la República que actuase como Zedillo en temporada electoral, y se prevé que, bajo esas circunstancias, la ruptura entre Peña y Meade sería inevitable.

Tomemos otra hipótesis: Peña cree que su partido va a ganar, independientemente del candidato, entonces elegiría a Meade, porque tiene buenas relaciones con la oposición, internacionales, su perfil es equilibrado, se le supone honesto y decente, por lo que sería un buen presidente, que continuaría con las grandes reformas. Bajo este razonamiento, no habría por qué preocuparse pues los actores económicos seguirían con el mismo proyecto y los políticos tendrían mucho que ganar con Meade.

Pero sucede que el  5 de noviembre aparecieron los Paradise Papers publicados por el International Consortium of Investigative Journalists (ICIJ), los que contienen más de 13.4 millones de registros en documentos filtrados, que exponen vínculos entre políticos y empresarios con paraísos fiscales, para ocultar inversiones y evadir impuestos. Hasta la reina Isabel II está en el ajo… Y resulta que hay 64 connacionales entre los supuestos evasores; algunos ya difuntos —como  Joaquín  Gamboa Pascoe y el impresentable Marcial Maciel—, pero la mayoría están vivos, hasta políticamente hablando. Algunos son prominentes miembros del grupo ITAM, como Pedro Aspe y Alberto Baillères. Otros son empresarios como Carlos Slim, el naviero Ramiro Garza Cantú y Ricardo Salinas Pliego. Aparece, entre los políticos, el ex secretario de Seguridad Pública, Alejandro Gertz Manero. Lo de los multimillonarios evasores no es nuevo; Luis Videgaray ya tenía algo avanzado en la investigación sobre los mexicanos involucrados en los Panama Papers, del 2016.

Ahora, el Servicio de Administración Tributaria, el SAT, se comprometió a investigar a los mexicanos evasores. Pero ¿de verdad en año electoral van a proceder en contra de los de los más conspicuos miembros de la aristocracia política y económica del país? La respuesta es quién sabe, tirando a seguro, no, pero el tema sí entorpece la precandidatura de Meade y fortalece a Osorio, el que no está vinculado al grupo de economistas ni al de empresarios. Sin embargo, Peña no se ha cansado de elogiar públicamente a Meade ni de enviar señales a su favor.

Una tercera hipótesis: el presidente Peña asume que el humor social está contra el PRI. Sabe que su futuro depende de las alianzas que forje con el grupo que gane, y sabe que no puede sacrificar a la élite económica, so pena de perder espacios clave en la definición de la política económica ulterior, lo que equivale a garantizar su futuro y el de su grupo. Así, lo lógico es asegurar la dirección del Banxico, con Meade, y el candidato presidencial sería Osorio, aunque pierda.

Pero… siempre hay un pero: la selección del candidato priista también depende de quién sea el candidato del Frente Ciudadano por México. Si se define antes de la tercera semana de noviembre y el candidato es Ricardo Anaya, entonces Meade sería el designado, porque es el único que puede arrebatarle votos a la derecha y tendría el apoyo del calderonismo.

Quien sea el candidato presidencial del PRI deberá remontar al Frente Ciudadano para lograr vencer a López Obrador.

Se antoja difícil la decisión entre uno y otro, en vista de la coyuntura internacional; más cuando la capacidad de organización, convocatoria y movilización del PRI va de picada. Las señales obvias apuntan a Meade, pero nunca hay que descartar los imprevistos ni el disimulo.